Decidió decírselo ese mismo día por la tarde, cuando llegara a recogerla, como solía hacer cada tarde después del trabajo. Sí, no podía demorarlo más, era lo mejor para los dos, sobre todo para ella, que había resuelto romper la relación. Se lo diría nada más llegar, no esperaría a que él acercara sus labios para besarla, se lo diría antes. Entraría en el coche y le soltaría la frase enseguida. Tenía que ser muy rápida, porque lo que la había desarmado las anteriores ocasiones en las que se lo quiso decir, fue que él ya tenía planes para hacer juntos, y en cuanto ella entraba en el coche, él se mostraba impaciente por contárselos y esperaba ansioso la aprobación de ella. Pero esa tarde en cuanto se sentase en el coche, antes del beso, antes de dejarle hablar, hablaría ella. Estuvo todo el día pensando la frase con la que empezaría la última conversación. Esto no puede seguir. Lo nuestro no funciona. No tenemos futuro. Creo que no debemos vernos más. Estoy cansada de ti. Me aburres. No te quiero. Quiero a otro. No eres el hombre que yo creía. Me has decepcionado.
Ninguna frase la convencía. Lo mejor sería entrar en el coche y decir tenemos que hablar en un tono lo suficientemente serio como para levantar alguna sospecha en él y que intuyese que algo pasaba. Después de pronunciada la frase, los demás argumentos irían surgiendo de modo natural.
A las ocho en punto bajó al portal; él, con su exasperante puntualidad, ya esperaba junto a su coche. Algo era diferente. En contra de lo habitual, él estaba de pie, junto al maletero abierto, y al verla, se inclinó para sacar un macetero con una orquídea blanca.
- La he comprado en el puesto de la esquina.
Victoria Pelayo Rapado.