La mañana amaneció con una neblina fina y los rayos del sol de marzo, salian tibiamente de vez en cuando. Nuestro cobijo era una casa rural en el entorno de la sierra de Gredos. El confortable calor de la chimenea y el café, invitaban a la pereza y el temporal nos puso a deliberar sobre nuestra intención de cruzar la sierra. La húmeda niebla seguía impávida en un cielo plomizo y el viento silbaba chocando su sonido en los cristales de las ventanas; el grupo decidió no ir de ruta, sin embargo Cristóbal y yo emprendimos nuestra excursión, sin hacer caso de las expertas opiniones de los demás.
Bien pertrechados para la lluvia emprendimos la marcha a buen ritmo, más tarde íbamos caminando a ciegas. La oscuridád y el viento apenas nos daban tregua siendo casi imposible avanzar. Un rayo de sol se colaba a veces entre los castaños y eso nos dió el valor de seguir, después se hizo la oscuridad y los truenos ensordecedores dieron paso a un aguacero cerrado, estábamos calados y ateridos. Pasaron las horas con angustia, decididamente estábamos perdidos
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Por fin vislumbramos algo parecido a una casa en ruinas, allí había vestigios de una fogata, que avivamos con cartones y algo de madera que prodigiosamente había en el lugar. Fue una larga noche de angustiosa espera, los primeros rayos de sol penetraban tímidamente. Nos pusimos nuestras ropas húmedas con un penetrante olor a humo; en ese mismo instante las voces de nuestros amigos, sonaban muy cercanas. Salimos al exterior donde nos abrazaron y regañaron nuestra imprudencia. ¡Díos mío! que susto (exclamaban) -os creíamos perdidos- y estabais en la cuadra, al lado de casa. Cristóbal y yo nos miramos sorprendidos y callados. Los dos sabíamos la odisea que habíamos vivido dando inútiles círculos.
La casa se mostraba ante nosotros, a solo unos cuantos pasos...
Purficación Claver