Llegada esta época, los hoteles de las costas se llenan de turistas jóvenes, en viajes de fin de curso en algunos casos, ávidos de emociones fuertes. Cuando tenía unos años menos, me conformaba con tomarme unas copitas, pasármelo bien con mis amigos y, si la noche era propicia, conseguir pareja. Afortunadamente hay muchos que siguen haciéndolo así, pero para otros esto no es suficiente y buscan una dosis extra de adrenalina en prácticas de riesgo.
Año tras año, vemos en los medios de comunicación los casos, cada vez más frecuentes, de balconing. Esta práctica, como habrán podido deducir, consiste en saltar de un balcón a otro de las habitaciones del hotel correspondiente, o en lanzarse desde el balcón a la piscina, que en el mejor de los casos tendrá la profundidad suficiente para evitar que el imprudente de turno se parta la crisma.
No tengo vértigo, pero sí mucho respeto a las alturas y en mi cabeza no entra que haya jóvenes que se jueguen la vida de una forma tan absurda. Algunos hoteles, hartos de sufrir estas prácticas, han instalado rejas en todas las zona potencialmente peligrosas. En estos casos, tengo por seguro que terminarán inventando algo para evitar las medidas de protección o para buscar el riesgo más allá de lo razonable con otra práctica similar, como podría ser cruzar por una autovía con una venda en los ojos, en estado de embriaguez y a altas horas de la noche.
Víctor Manuel Jiménez Andrada