Estamos a finales de junio y los termómetros amenazan con superar, bien superados, los cuarenta grados. Por las noches la cosa no mejora, porque, como bien sabemos, cuando las temperaturas nocturnas rozan los veinticinco grados se duerme mal. Y no es cuestión de tener el aire acondicionado toda la noche, pero sí de programarlo el tiempo justo para conciliar el sueño. Otra alternativa a valorar es el botijo y el ventilador que, además de ser más económica, sana y natural, contamina bastante menos.
Con el calor las cabezas parecen desajustarse y las que ya andaban algo tocadas van a peor. Leo un titular en un diario regional y se me ponen los pelos de punta: las fiestas de San Juan, en Badajoz, se cierran con un balance de dos chicas heridas por arma de fuego y un joven casi degollado, aparte de varios traumatismos por reyertas diversas. En vez de la crónica de unas fiestas a las que la gente acude a pasárselo bien, parece que sea un parte de guerra. Debe ser cosa del alcohol que, mezclado con las altas temperaturas de la noche, hace estragos en los que ya traen, de serie, cierta predisposición a la violencia.
El verano no ha hecho nada más que comenzar y aún nos quedan largos meses de calor, además de infinidad de verbenas y fiestas populares por todos los rincones de nuestra Comunidad, aderezadas con litros y litros de cerveza, sangría, calimocho y cubalibre. La fórmula parece realmente terrible para los que tienen los nervios a flor de piel y el puño sensible al mínimo roce. Espero que la cosa no vaya a mayores y lo que ha pasado en Badajoz sea tan solo un mal espejismo. Yo, por si acaso, evitaré la compañía de gente de este tipo y procuraré ir a locales con aire acondicionado, aunque el ambiente sea más artificial y nos terminemos cogiendo un resfriado como los de época invernal.
Víctor Manuel Jiménez Andrada