Estaba indecisa ante los dos vestidos que tenía delante, por fin eligió el azul escotado. Ya en casa, se lo probó para enseñárselo a su marido, y por su encogimiento de hombros supo que no le había gustado. Presurosa corrió al día siguiente a devolverlo a la tienda. Entró en la boutique del centro comercial y se decidió por un vestido ajustado color caldera. Esta vez fue su hijo de quince años, quien al vérselo probar en casa dijo, qué horror mamá, no pensarás ponerte eso para la comunión de Laura, con lo cual también el vestido fue devuelto. En la tienda que acababan de abrir debajo de su casa y después de muchas pruebas, eligió un vestido sencillo y elegante, blanco marfil. Cuando se lo contó a su madre por teléfono, ésta le dijo, ¿blanco para una comunión?, no me parece adecuado, y el vestido blanco volvió a lucir en el escaparate de la tienda. Sólo quedaba una tarde para ir de compras y acertar con la elección. Así que después de tan difícil y delicada decisión, esta vez ocultó el vestido recién comprado como un tesoro y, a pesar de la insistencia de su marido e hijos, se negó a enseñárselo; e igual de tajante fue con las diecisiete llamadas de su madre, que quería saber qué vestido se pondría al día siguiente.
Cuando entró en la pequeña iglesia, todos los ojos se volvieron para mirarla, mientras ella, como reflejada en un espejo, contemplaba a la madre de Laura con un vestido rosa ¡exactamente igual al suyo!
Victoria Pelayo Rapado.