Había sido la reina de la escalera desde el mismo día en que nació seis años atrás, y ahora un mocoso de dos años, venido del lejano norte peninsular a pasar el verano con su abuela, osaba arrebatarle el trono. Era insufrible para sus pocos años el incesante borbotón de mimos y zalamerías que, desde el bajo izquierda hasta el mismísimo quinto derecha, saludaban al querubín cada mañana: y esos rizos tan lindos; el niño más bonito del mundo ha venido a este portal; qué ciudad te gusta más, ésta o la tuya; de quién has heredado esos ojos…Y así podía seguir la retahíla piso tras piso, porque sucesivamente iban saliendo vecinas detrás de cada puerta, mientras el niño ajeno a todo ello, descendía con gloria rodeado de su cohorte de chicos del vecindario, entre los que se mostraba totalmente abatida la desconsolada reina, que apenas había tenido tiempo de asumir su recién estrenado papel secundario.
Quince días de vacaciones más tarde unos desconocidos sentimientos de celos e ira, que confundían y atormentaban sus pensamientos, mostraron a la pequeña reina la ocasión para recuperar la corona. En un momento en que el querubín se encontraba solo en lo alto del último tramo de las escaleras, se acercó lentamente por detrás, sorprendiéndose de la poca resistencia que ofreció el delicado cuerpo cuando le empujó al vacío de siete peldaños.
Victoria Pelayo Rapado