Hasta en el andar se notaba que lo suyo era arrastrarse. Más que andar, reptaba por toda la oficina, expandiendo su sonrisa bobalicona aquí y allá. Estaba contento todo el día y sin razón aparente. Siempre se prestaba a ayudar, a quedarse hasta más tarde, a ofrecerse a hacer tal o cual tarea que, por engorrosa o aburrida, nadie quería. Él siempre estaba dispuesto. Se me hacía insoportable su servilismo, tanta solicitud desparramada, el afán por querer ser el primero, y todo con una sonrisa igualita a la del Joker de Batman, pero sin embadurnarse la cara de blanco.
Aquella mañana de viernes el ambiente previo al fin de semana se dejaba notar en las caras más alegres y en el apresuramiento por acabar cuanto antes. El Joker más solícito a ponerse al servicio de cualquiera que le necesitase, con ese servilismo exasperante y gratuito que me enfermaba desde hacía siete años. De pronto, la oficina quedó desierta; Ana había ido al banco a llevar los cheques, Ángel había bajado al sótano a devolver unos expedientes; el conserje estaba en su descanso y la chica nueva había subido a otra planta. Al pasar por delante de la cámara de seguridad vi que el Joker estaba dentro y de espaldas a la puerta acorazada. La vista se me nubló y un temblor me sacudió. No sé como conseguí mover los quinientos kilogramos de la puerta antes de que el Joker pudiera escapar. Miró por encima de su hombro pero no llegó a verme. El lunes, cuando abrieron la cámara, lo encontraron desmayado, sudoroso y oliendo a orín.
Victoria Pelayo Rapado.