Mientras se construía, los vecinos del pueblo no dejaron de asombrarse de las dimensiones de la casa, de las terrazas, de los ventanales, y sobre todo, del porche. Ocupaba toda la fachada sur y se alzaba majestuoso sobre seis columnas presidiendo la monumental casa. Ningún edificio en el lugar podía compararse a la casa de los buzos. El abuelo de joven había sido buzo y, tres generaciones después, todos los miembros de la familia eran conocidos por los buzos. Nunca una casa había suscitado tanta envidia y admiración a partes iguales.
Cada verano las nietas del buzo, las buzas, se sentaban en el porche para poder ver desde la particular atalaya a todo el que llegaba, y, decían los maliciosos, para ser vistas también, ya que según se comentaba el padre había hecho construir tan magnífico porche para exponer la mercancía que le sobraba en casa, a ver si a fuerza de exhibirse en el porche, alguna de las hijas lograba casarse.
Pasaron años y las buzas siguieron sentadas en el porche, sin más vida que el movimiento rítmico de sus mecedoras de enéa. Pasaron más años y las maderas se pudrieron. Las puertas y ventanas se sellaron con tablones para impedir la entrada a intrusos o gamberros.
Ahora la casa permanece solitaria y silenciosa, asemejándose sus puertas y ventanas a bocas mudas y ojos ciegos.
Victoria Pelayo Rapado.