Una bandada de pájaros cruzaba el cielo grisáceo.
Contemplé las nubes amenazantes de lluvia y me dirigí hacia la casa, algo
parecido al miedo comenzó a invadirme, no encontraba sosiego bajo aquel cielo
plomizo, los graznidos de aquellas aves eran como un presentimiento de algo
nefasto.
Dentro de la casa permanecía aún el agradable
calor del rescoldo de la chimenea. Lo avivé y me senté con Tula (mi perra) que
pronto se quedó dormida al cobijo del hogar.
Mis pensamientos se tornaban en recuerdos, mirando
aquellos troncos incandescentes que me hacían olvidar el temor a la tormenta.
Los graznidos de los pájaros cesaron y me asomé a
la ventana, el cielo había ennegrecido aún más y un silencio premonitorio
abatió el lugar. Por fin, gruesos goterones de lluvia cayeron sobre los campos
secos, que en un momento embebieron el agua esperada durante tanto tiempo. Tula
se movía inquieta y ladraba lastimera, el temporal arreciaba y Luís aún no
había llegado. Mi corazón comenzó a palpitar con premura, me asomé a la ventana,
vi como el agua se desbordaba por el lindero y como la oscuridad sombreaba la
tarde.
Los truenos encogían el corazón de la temblorosa
Tula, tanto como el mío, salí con la esperanza de ver llegar a Luís, llegué
hasta el huerto y en un arrebato de angustia, lo llamé a gritos. Caí exhausta
sobre las coles que ahora eran parte de barrizal, recobré la compostura por un
momento y observé como el temporal arrastró todo lo sembrado, me animé pensando
que al menos Tula estaba a salvo.
En la ya cerrada noche, pasé de nuevo dentro de la
casa empapada y abatida. Intenté comunicarme en vano, el teléfono no tenia
línea (estaba aislada del mundo).
La tormenta cesó y por fin, el teléfono dio
señales; pedí auxilio para que encontraran a mi compañero; lo imaginaba perdido
y derrotado en algún lugar del inmenso campo. Agotada, aunque ya con mis ropas
secas, cogí a Tula en mi regazo y las dos nos quedamos dormidas.
En el amanecer desperté sobresaltada, la falta de
Luís en la casa me angustiaba ¿qué habría sido de él? Tomé un café caliente y
salí fuera. Todo estaba inundado de agua y barro, todo estaba arrasado y
solamente Tula sintió mi desesperación, grité abrazada a mi perra recordando
que Luís no estaba con nosotras..
La policía de salvamento y los perros buscaban con
tesón por los pastos encharcados ¡no había ni rastro de él!
Cayó la noche, esta vez apacible después de la
tempestad y me dispuse a pasarla con una nueva esperanza. Intuí a mi compañero
errante y desvalido en el inmenso lodazal. Tula, como siempre, se acercó a mi
esperando un hueco en el sofá donde quedamos dormidas al confortable calor de
las brasas.
Los ladridos de los perros y el ruidoso motor de
un coche me sobresaltaron. Salí corriendo alborozada -¡Luís, es Luís!- exclamé
en voz alta, abrí la puerta y tras de ella me encontré con la cruda realidad,
la figura masculina y robusta de Ramón, el guarda, quedaba mostrada ante mi,
por los primeros rayos de sol como algo sorpresivo y decepcionante.
Me saludó cordialmente -¡buenos días, Laura!- me
he acercado para ver como estabas, después del temporal, lo habrás pasado en
vilo.
–si, respondí- y Luís aún no ha llegado.
Ramón me miró con expresión de desconcierto y me
dijo con una ternura paternal -¡Laura!, recuerda, el se marchó hace más de tres
años.
Lo quedé con sus cavilaciones y le di la espalda,
no quería que viese mis lágrimas, ni quería demostrarle mi locura.
Observé como regresaban algunos pájaros después de
la tormenta y en ese momento recordé una mañana imprecisa como aquella, cuando
vi su silueta trasportando una maleta verde, acercándose al automóvil que lo
alejó de mí para siempre.
Purificación Claver