Telefónica, y todas las compañías telefónicas, tienen la posibilidad más inmediata de entrometerse en la intimidad de las personas, de las familias y de las casas. Claro, tienen el teléfono a mano, y ahora toda la casa tiene teléfono, móvil, fijo, a través del ordenador, en el televisor, en la cocina; habrá teléfono en el cuerpo, decía ayer en EL PAÍS un gurú de Internet. Así que la pasión de las compañías telefónicas por dominar con sus productos la inmensa gama de gadgets que se asocian a sus respectivas marcas tiene el terreno inmensamente abonado. En los últimos meses se ha intensificado, a mi manera de ver, esta pasión por vender que es connatural con el espectro de las ambiciones humanas, desde la Iglesia a las empresas y a las personas; todo el mundo vende, y vende constantemente, y los que no vendemos también vendemos en algún momento, muchas veces inconscientemente. Pero esta es otra historia. De lo que quería hablar es del libro de estilo que habría de existir para regular esas llamadas que se hacen con la aviesa o noble manía de vender. Ese libro de estilo no existe. Las telefónicas (y sobre todo la Telefónica, con todos sus derivados) llaman a cualquier hora del día, sobre todo del día, pero te abordan también al atardecer; en cada llamada ofrecen un producto distinto, o una rebaja en el precio del producto que ya te habían ofrecido. Y a veces la intromisión tiene que ver radicalmente con algunos datos de tu vida privada. Ayer tarde, a la hora de la cena, Telefónica se interesó por mi situación laboral, y luego por mi edad; la señorita que hizo la indagación, cuando obtuvo los datos que requería, y que yo le facilité como un autómata, me dijo que creía, y que por eso me había hecho la llamada, que yo era mucho mayor. Pues, no, bastante mayor, pero no muchísimo mayor. Cuando acabó la llamada, en la que me sugería, por enésima vez este verano, que cambiara la velocidad del ADSL (e ignoro qué velocidad tiene mi ADSL), me quedé pensando en la necesidad de ese libro de estilo para el uso público e incluso privado de los teléfonos, tanto los fijos como los móviles. A estas alturas de la proliferación telefónica ya es difícil que ese libro de estilo se enseñe con provecho en las escuelas. Pero no vendría mal. Mientras tanto, cuidado con el teléfono (móvil o fijo), sobre todo si la llamada viene de un teléfono de muchas cifras o de un número que no se muestra.