Todas las noches preparaba sopas de ajo a su marido para cenar, es que le gustan mucho, decía; es que no tienen un duro, decían los vecinos. Para que se enfriaran, sacaba la cazuela de barro con las sopas recién hechas a la repisa exterior de la ventana de la cocina. Yo desde arriba veía como las amorosas manos buscaban el mejor punto de apoyo. Las sacaba aún humeantes y las tenía allí sólo unos minutos. A esa hora el patio interior del edificio estaba tranquilo y solía coincidir el momento en el que yo me asomaba con el que ella aireaba las sopas.
Una noche, asomada a la ventana, distraída y sin pensar en lo que hacía, escupí el chicle que masticaba con intención de lanzarlo lejos, pero la curva de la parábola no fue lo bastante amplia como para evitar que la bola masticable aterrizase en el centro de la cazuela, haciendo un levísimo chapoteo al caer en medio de las sopas. Me incliné un poco más y antes de tener tiempo para pensar en lo que acababa de ocurrir, la amorosa mano salió del interior de su cocina y con los dedos índice y pulgar, delicadamente retiró el chicle para lanzarlo al patio y desaparecer en la oscuridad. Después recogió la cazuela como todas las noches.
Victoria Pelayo Rapado