El ruido de la puerta al cerrarse anunciaba la llegada de Angélica y de un nuevo día. Enseguida empezarían a oírse las voces de los niños amortiguadas por el pasillo y dos o tres puertas, discutiendo por la leche, las tostadas o Dios sabe qué. Pero a ella no le importaban esas riñas, todo lo que necesitaba para sentirse bien esperaba discretamente guardado en el mueble-bar. Treinta minutos más tarde, otro portazo significaba que los niños se iban al colegio y la casa permanecería silenciosa hasta su regreso, y volverían con las peleas diarias por no poner o recoger la mesa, hacer los deberes o lavarse los dientes. Tampoco esas riñas hacían mella en ella porque recurriría a su elixir de vida, guardado en el fondo del mueble-bar. Y cuando por la noche la mala bestia entrase por la puerta, humillándola como de costumbre, y repitiendo la única frase que parecía saber, no sirves para nada, entonces sobre todo, correría al mueble-bar para tomarse el cuarto o quinto whisky del día, y afrontar el último y más difícil tramo de su cotidiana vida.
Victoria Pelayo Rapado