Como me sucede siempre que voy a hacer un largo viaje recuerdo nombres propios, rostros, personas que me comunican, desde lugares misteriosos o ignotos, sucesos o palabras que fueron importantes o inolvidables y cuyo eco sigue siendo la línea que da continuidad a cada jornada de la vida. En el curso de la agitada operación de introducir en la maleta aquello que ha de acompañarme, además, me intereso hasta por lo que seguramente no podré leer, por aquello que es imposible que llegue a consultar en el trayecto; pero lo llevo todo, todo lo que cabe en el equipaje; esta tarde le decía a un buen amigo que este síndrome de infinitud del tiempo lo padezco desde la niñez, y sigo padeciéndolo cuando estoy a punto de cumplir 63 años. ¿En qué radica esta esperanza retrospectiva, esta rara querencia por destrozar el tiempo y hacerlo a mi gusto? Mañana por la mañana voy a México, por algunos días; en el equipaje van libros que no he podido leer este verano, libros que ya leí, cuadernos en los que guardo conversaciones con algunas de esas personas que rodean mis recuerdos siempre que emprendo trayectos así. Como si en el aire que surcan los aviones de ida y de vuelta me fuera a encontrar con la necesidad de completar estos retazos de conversación que constituye al fin y al cabo el diario de un día en que consiste la vida.