Las dos eran muy viejas, la mujer con sus ochenta y nueve años y la gata con sus diez y siete. Se habían hecho compañía durante toda la vida del animal, que alguien le llevó al enviudar, te hará compañía, le dijo, y así había sido. Las dos presentían que el final se acercaba, y la única preocupación que asaltaba a la anciana era fallecer antes y que el pobre animalito quedara solo en el último tramo de su vida. Todas las personas a las que pidió encargarse de la gata, si ella moría antes, se negaron, alegando falta de tiempo, alergia u otros animales en casa. Excusas, excusas, excusas. Sería muy poco tiempo, suplicaba la mujer, si esta gata tiene más de cien años, no pasará de este invierno. Pero nadie escuchó su petición, ni hijos, ni sobrinos, ni vecinos ni conocidos. Por lo demás, la mujer había tenido una larga y buena vida y sus asuntos terrenales quedaban atendidos, excepto asegurar los últimos días o semanas de su vieja gata. La mujer caminaba apoyándose por las paredes, con la seguridad del territorio conocido aunque le suponía un gran esfuerzo agacharse cada día para limpiar la tierra de la gata y cambiarle el agua. Al inclinarse la vista se le nubló y las piernas dejaron de sostenerla. Se desplomó sobre el cajón, quedando tendida sobre la tierra con excrementos de su gata. Cayó de lado con las piernas ovilladas. El animal se acercó y, después de olerla, buscó un hueco confortable en el cuerpo para empezar a mullir.
Victoria Pelayo Rapado