Antes de septiembre, cuando volví de México, el viento se calmó en la isla, las olas dejaron de ser la poderosa amenaza de los últimos días del mes de agosto, y el embate caliente llenó la plaza grande de El Médano. He pasado estos días repasando la hojarasca de la memoria, y ahora mismo estoy en el centro mismo de la memoria de la adolescencia, pues estoy quedándome por un día en el Hotel Tigaiga, que es mi hotel más querido del norte de Tenerife, donde trabajé de joven periodista haciendo reportajes sobre aquella naciente ilusión del turismo que aquí personificaba don Enrique Talg. He paseado por los lugares por donde transitaba de chico, fugado de las clases de los Agustinos, y he caminado hasta la casa en la que nací, por veredas que eran las de mis andanzas de entonces, cuando leía caminando en las tardes que me llevaban a las clases de Geografía y de Literatura. Estuve en casa comiendo hijos de pico, que también se llaman higos chumbos, y comí, con mis hermanas, higos de leche. Luego, en la televisión, vi un conmovedor reportaje de la BBC sobre Auschwitz y aquellos horrores que, como decía María Galiana, la actriz, en las presentaciones que hizo, no fue obra de monstruos sino de gente como nosotros que perdió por completo el respeto por el género humano. Sólo estuve una vez en un campo de concentración, en Büchenwald, acompañando a Jorge Semprún; allí, aquel frío gélido que parecía quieto desde hacía siglos, rodeaba una atmósfera irrespirable de recuerdos que sólo se pueden soportar mirando al cielo, buscando en ese resquicio abierto el aire que aquí faltaba. Y viendo este documental volvió a cortarse esta respiración que, por la mañana, volvió a la vida mirando una de las vistas que los tinerfeños queremos más: el Teide limpio contra un cielo de un azul tan intenso que parece el mar. La vida es así, bruma, ceniza, y de pronto, claridad, como la otra parte de esos sesenta segundos de los que escribía Kipling