Aragonés de nacimiento (Zaragoza, 31-12-1935) y madrileño de adopción, el actor, director, escritor y pintor Carlos Ballesteros falleció en el hospital de Móstoles el pasado 4 de septiembre. Para Mérida y su Festival, Carlos Ballesteros ha sido un actor importantísimo. Dos circunstancias lo avalan: su incontestable calidad dramática y su asidua presencia en el Festival de Mérida, donde actuó diez veces desde 1956 hasta 1997.
La última entrevista amplia, que incluye fotos y cortes de audio, fue realizada por el periodista Javier Álvarez Amaro por encargo del Centro de Investigación y Documentación del Festival de Mérida, para el libro 'Testimonios'. Este trabajo, que reúne una serie de entrevistas a personalidades relevantes en la historia del Festival, está pendiente de publicación.
“El público lo que pide es espectáculo, y Tamayo se lo daba a grandes niveles”
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¿Cuándo trabajó por primera vez en el Teatro Romano de Mérida?
Estuve en Mérida la primera vez en 1956 con el TEU de Filosofía y Letras, con un chico de Mérida que se llamaba José María Saussol al que le gustaba dirigir e interpretar tragedias griegas, y con el que luego trabajé más veces. Se hizo en Semana Santa, que hizo buen tiempo, e hicimos un ‘Edipo’. Fue un intento como cuando a Margarita Xirgu se le ocurrió hacer allí teatro una vez. Aquella vez que fuimos no estaba preparado como está ahora.
¿Y cómo recuerda la experiencia de un actor de 19 años que pisa aquel escenario?
Pues fue curiosísimo. Yo he hecho mucho teatro clásico y me gustaba mucho este tipo de teatro. No me acuerdo demasiado de qué impresión me causó, seguramente me sobrecogió estar pisando el Teatro Romano de Mérida, pero no lo tenía tan asumido. Después, en una de las escuelas de teatro clásico que he tenido, llevé a los alumnos a que pisasen Mérida y hablasen, se quedaron sobrecogidos. Puede que yo me sobrecogiera igual, pero en aquel momento no me di cuenta de lo que era pisar aquel escenario. No tengo ningún recuerdo, porque como era un poco excursión de estudiantes a Mérida, y llegar y hacer la función en un día y volvernos… no creo que me diera yo mucha cuenta de cómo era la historia. Después la primera vez que volví fue con la ‘Orestiada’ (1959).
Eso ya eran palabras mayores, ¿no?
Pues sí, porque yo estaba en la compañía Lope de Vega hacía un tiempo, había hecho muchas cosas, José Tamayo me quería y me dio muchos papeles diferentes para que continuase en la compañía. Todo lo hacía con Tamayo, un director al que han tachado de muchas cosas, pero que daba al público lo que esperaba. El público no sabe lo que es el teatro clásico griego o romano, y lo que pide es espectáculo, y él se lo daba, se lo daba a grandes niveles...
El llamado Tamayoscope…
Sí, sí… era lo que el público quería, los llenazos que había en ese teatro, las colas, la gente que no entraba, era impresionante. Durante todas las veces que he ido a Mérida era un éxito. El Teatro Romano de Mérida evidentemente era conocido. Gracias a aquellas representaciones de Tamayo que tuvieron tanto éxito el Festival de Mérida empezó a tomar cuerpo y la gente empezó a concienciarse -los ayuntamientos, las diputaciones…- de que aquello se podía explotar, cuidar, que se podían hacer más cosas. Puede que fuese un grano pequeño, pero un grano que sirvió para activar el interés por ese coliseo.
Entre 1959 y 1963 estuvo con cinco espectáculos en Mérida…
En ese momento me enamoré de Mérida, me decían Mérida y se me caía la baba. Eran actuaciones importantes, los papeles que me tocaban eran interesantes de hacer, y luego era un pueblo estupendo, de gente agradable. Yo lo pasaba fenomenal en Mérida, una ciudad con la que he tenido siempre un cariño especialísimo. Recuerdo que durante los ensayos, al atardecer, aún había turistas por el recinto, y se pegaban unos sustos tremendos cuando nos encontraban a alguno de nosotros por cualquier recoveco vestidos de romanos.
¿Recuerda con especial cariño alguno de aquellos montajes?
‘Numancia’ (1961), que ése sí que era un espectáculo. La gente hablaba mucho del espectáculo de ‘Julio César’, pero lo de ‘Numancia’ fue impresionante, ahí echó Tamayo todo, juntó a las dos compañías, la de zarzuela para meter los coros, y era un espectáculo que de verdad eso sí que era Cinemascope.
Además, se usaban dos escenarios, el teatro y el anfiteatro…
Bueno, con ‘La orestiada’ también se hacía. El arranque con los coros era en el Teatro y la aparición de Apolo siempre la he hecho en el Anfiteatro. Ya cambiábamos de sitio, no sé por qué razón, porque por distancia era un poco complicado…
Debía ser un follón tanto cambio…
Sí, pero tenía su gracia, también por su conexión con el teatro griego. Podían durar las obras dos horas, porque Tamayo tampoco era tonto y sabía lo que aguantaba un culo en esas piedras. Había ese espacio para cenar, comerse un bocadillo, mientras la gente iba al otro lado, y nosotros nos cambiábamos.
Después llegó ‘Calígula’ (1963) con uno de los grandes, José María Rodero.
Sí, se montó una tarima delante y eso me dio mucha rabia, porque en Mérida no se podía hacer una función interiorista: un palacio pequeño, una mesa de banquetes... se montó una tarima grande en el escenario y como si fuese un escenario normal. Y tampoco había una oportunidad de iluminar columnas ni de nada, estaba iluminado casi como en el teatro convencional.
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¿Cómo era trabajar con Tamayo?
Era un tipo no digo encantador porque era muy suyo, pero muy agradable. Tamayo no dirigía actores, tenía la vista de coger unos repartos estupendos, y ya sabía qué les iba a salir.
Creo que ensayaban hasta muy tarde con él…
Eso siempre. En esa compañía no existían los horarios. Él tenía la ventaja de que llegaba con su orquesta, porque en otras funciones la orquesta es la primera que se va cuando llega su hora. Los ensayos generales eran enormes. Como en la famosa anécdota cuando estábamos ensayando una función en Mérida y de pronto empezó a amanecer, y Tamayo dijo: “Manolo, ese foco ámbar”. “¿Qué foco ámbar, hombre, es el sol que está saliendo”, le contestaron.
Sus primeras experiencias profesionales fueron dos orestiadas. ¿Cómo las recuerda?
Pues muy bien, era un papel que salía en las Euménides, no era largo ni muchísimo menos, pero tenía una aparición impresionante. Me hicieron un traje de Apolo que me quedaba maravilloso aunque nunca he tenido un cuerpo estupendo, lleno de trucos, con hombreras, un enorme babero, una faldita de Apolo de nada, con unas tiras de tela que caían a los lados y no se veían los muslos, y unas botas griegas que tapaban las pantorrillas. Tuve mucho éxito con las chicas, pero con quitarme la ropa de Apolo y ponerme un abrigo salía como si nada… no me conocían. Los acomodadores del teatro me decían que me estaba comiendo a Rabal con las admiradoras, o sea, que era un exitazo el que tenía impresionante, y para mí fue maravilloso.
Aquella ‘Orestiada’ ha dejado un gran recuerdo.
Sin duda. Luego hice de Orestes (1975), pero la verdad es que me divertía más hacer de Apolo, y además me pilló un poco de sopetón cuando me lo dijeron. Orestes se lo había visto hacer a Lemos y no quería tener referencias. Lo hice, pero no se ha quedado en mi memoria la interpretación de Orestes.
¿Qué recuerdos tiene de esa ‘Numancia’ en la que se representó el sitio de la ciudad en el Anfiteatro?
Tamayo se trajo dos escuadrones de soldados. Tenía de ayudante a Carpio (Roberto Carpio), que había hecho películas de romanos con los americanos y se trajo parte de los rodajes romanos de guerras. El escenario se llenaba de escuadrones que pasaban levantando polvo, pasaban cuadrigas, los generales, en la orchestra salían los corifeos, que mataban un cordero de verdad sobre la piedra de sacrificio… todo eso en la primera parte. Y en la segunda pasabas al anfiteatro y también se habían traído de las películas americanas un campamento romano… pero cien tiendas. Recuerdo que un día estábamos en el palco Tamayo, Cortezo (Víctor María Cortezo) y Burmann (Sigfrido Burmann) durante un ensayo general. Para hacer la hoguera habían puesto unas tomas de gas y cuando se encendía empezaban a venir los numantinos a tirar su objetos para quemar el pueblo y Berta Riaza, que era la heroína, estaba por allí esperando que le tocase hablar para encender la chispa. En ese momento viene un hombre y dice: “Señor Tamayo, ¿cómo quiere el gas?” “¿Cómo?” “Que si bajo, mediano o alto”. Y Tamayo dice que alto. El otro se va y empieza la orquesta, viene Bertita Riaza, que no ve nada, todo el pueblo estaba ya colocado… y de repente aquello hace ¡¡Buuum!! y es como una bomba atómica en pequeño. Nosotros estábamos en el palco, tuvimos que echarnos para atrás, Tamayo se quedó agarrado a la barandilla, y cuando se calma la bola de fuego la orquesta había desaparecido y estaban todos por las piedras, los del pueblo habían salido todos pitando y sólo se quedó Margarita Hevia acurrucada cerca de la explosión. Y entonces le dice Cortezo a Tamayo: “Neronazo”, porque era impresionante. Además de eso, cuando se tranquilizó todo se empezó a oír: “Bajarme de aquí, bajarme de aquí”. Era la ciega, Berta Riaza, que se había subido a lo alto de las rocas no se sabía cómo. Y luego al final sucedía lo del chico ese de la torre que dice que se tira, que era Mauricio Lapeña. Tamayo le decía que se tirara y él preguntaba si se podía descolgar un poco. La torre estaba montada sobre el arco del anfiteatro, y la altura era grandísima… los americanos habían puesto cajas de cartón vacías y le decían que se tirase, que no le podía pasar nada. Al final se tiró.
Luego llegó ‘Calígula’…
Tengo unos recuerdos buenísimos, pero se me sacó de quicio, se me sacó de sitio, porque no es una función para ver en el Teatro Romano, porque son escenas intimistas.
Y ‘La orestiada’ que protagonizó, ¿por qué no la disfrutó tanto?
Es que me pilló a trasmano. No me apetecía nada. Me dije, tiene gracia que ahora después de los años haga de Orestes, y no sé por qué razón no lo cogí con ganas.
También estuvo en la ‘Medea’ que protagonizó Nuria Espert en 1979. ¿Cómo fue aquello?
Yo lo recuerdo muy bien porque con Nuria había trabajado varias veces, y era muy amigo de ella y de su marido. Hice Jasón, que lo había hecho también con la Facultad de Filosofía y Letras en Santiago de Compostela, y ya estaba todo muy cambiado en Mérida. Estaba todo como más ordenado, había que llevar una acreditación colgada… Me pasó una cosa muy curiosa, que por eso no me divertí nada luego. Se pidieron micrófonos de refuerzo, y a mí no me gustó nada porque allí siempre se hizo a voz, Tamayo nunca puso micrófonos, y yo dije que cómo se podía hacer a estas alturas, con Nuria, que emite bien la voz. Y los pusieron.
¿Y qué recuerda de ‘El príncipe constante’ (1998)?
De esa no me acuerdo de nada. Son unas funciones que hice con Vergel, y yo hacía el papel de un sultán, pero el protagonista era otro, y entonces me fastidiaba mucho que el protagonista fuera otro, porque a esas alturas no me divertía nada hacer un segundo. Lo hice porque era muy bonita función, muy bonito papel, y estaba intentando meter cabeza otra vez en el teatro, pero aquello no me sirvió de nada a pesar de que incluso estuvo Marsillach viendo la función.
Por lo que veo, usted cuando disfrutó en Mérida fue en los años 60…
En mi vida cuando más he disfrutado es en los años 60 y 70, cuando hice todo lo que tenía que hacer, no daba más de mí, hacía escenografías, escritos, café teatro… hasta que me dio una embolia pulmonar porque había tenido un trabajo excesivo. Mis años punta son los 60-70.
A pesar de todo, años después usted regresó a Mérida con ‘Las Bacantes’ (1997)…
Sí, sí… eso no me gustó, fue esas cosas que estás sin hacer nada y me llamó Eusebio Lázaro, un chico con mucha intención, con Manuel Bandera como protagonista. A Bandera hubo que ayudarle, porque se desenvolvía bien, pero no para hacer esa función. Trabajé muy a disgusto, son de esas cosas que haces que ni recuerdas, eran cosas que hacía por hacerlas. No me divertí nada en esa función.
Pasaron 40 años entre su primera y su última función en Mérida, pero no disfrutó mucho desde 1975…
A medida que pasaban los años me encontraba una Mérida más desconocida, se hacían las cenas romanas y todas esas cosas, y ya no estaba la cosa tan graciosa. Ya no era lo mismo por muchas razones.
Usted ha visto evolucionar el Festival de Mérida durante más de 30 años. ¿Cómo ha cambiado?
Pues muy mal, lo confieso realmente. No voy porque no sé si se me tachará de carca, pero lo siento mucho, pero tener eso (el Teatro Romano) es para hacer las funciones como hay que hacerlas, aprovechando las piedras y las circunstancias que tiene ese teatro. Cuando me contaron que un niño salió en una grúa dije que no volvía a Mérida nunca más. ¿Cómo vas a poner en un decorado una grúa en el Teatro Romano de Mérida? Es que no me cabe en la cabeza, y como han estado continuamente haciendo esas barbaridades, con funciones vestidos de alemanes mezclados con trajes de romanos… dije que no iba más a Mérida. Creo que una función de griegos es para hacerla vestidos de griegos y de romanos, y vestidos de romanos no puedes sacar una grúa, y si sacas romanos sacas legiones romanas, que para eso tienes espacio, todo eso es visual, es estético. Las cosas que hacía Tamayo para mí eran un esfuerzo enorme.
¿Usted cree, entonces, que hay que hacer teatro clásico grecolatino según marcan los cánones?
Claro.
Pero añadiéndole ese plus de espectáculo que le daba Tamayo…
Claro. Y las obras importantes de los grecolatinos. Yo una vez fui al Parque del Retiro a ver una ‘Medea’ hecha por los griegos en medio del estanque y fue un rollo… ni carro de fuego ni nada. Era todo coro y una especie de parpadeo rojo… lo que hay que ver es lo otro, como es, pero hay que echarle Cinemascope, el Tamayoscope.
Usted que también ha sido escenógrafo, ¿cree que no se respeta ese escenario cuando se tapa?
Me cuentan las cosas que se hacen en Mérida y no es que sea por ser escenógrafo, es por la estética del teatro. Yo he tenido siempre escuelas de teatro clásico, me gusta mucho y soy un defensor acérrimo del teatro clásico. El teatro clásico tiene una estética especial que no la puedes estropear, y me ponen a parir cuando digo estas cosas. “Es que hay que acercarlo”. No, lo que hay que hacer es acercar la cultura de la gente al momento en el que transcurre esa función. Ahora la gente no se atreve a hacer esas historias, y sería mucho más caro hacerlas como son, así que es más fácil vestir a todos con cualquier cosa… mi estética me pide ilustrar al pueblo. Ahora tienes que dárselo al público como sopas, si es un señor malo tiene que ser malísimo y vestido de Hitler. De ser necesaria esa maquinaria que usan, al menos se podría intentar reproducir el ‘deus ex máquina’ original, o en su defecto emplear cualquiera de las técnicas supermodernas que no atacasen el clasicismo del recinto.
CARLOS BALLESTEROS
Actor
‘Edipo’, 1956; ‘La orestiada’, 1959; ‘La orestiada’, 1960; ‘Edipo’, 1960; ‘Numancia’, 1961; ´Calígula’, 1963; ‘La orestiada’, 1975; ‘Medea’, 1979; ‘El príncipe constante’, 1988; ‘Las bacantes’, 1997