Había llegado el día de conocer a su padre, a sus cuarenta y tres años. Más vale tarde que nunca, se dijo, mientras se miraba en el espejo del ascensor contemplando lo que vería su padre unos minutos después. Salió del hotel para encaminarse a la Estación Norte, a una manzana de distancia. La noche anterior hablaron por teléfono sobre lo que llevarían puesto para reconocerse. Un traje sastre rojo y un broche en forma de lagarto en la solapa. Él llevaría gabardina beige y un periódico en la mano. Como en las películas, pensó ella. El aire fresco de la mañana fue un alivio en su rostro, porque cierto remolino de intranquilidad empezaba a adueñarse de su estómago. No tienes que ponerte nerviosa, pensaba, es tu padre y se sentirá igual, en cuanto le veas la inseguridad desaparecerá. Al acercarse a la explanada delante de la Estación aflojó el paso, fijándose en las personas que había por allí. Enseguida se vieron y se encaminaron el uno hacia el otro. Al aproximarse, él comprobó el lagarto en la solapa, y ella, la anunciada gabardina beige y un periódico doblado.
Se pararon uno frente a otro. La emoción de ella quedó congelada y las lágrimas retenidas en el párpado, cuando él extendió la mano para estrechar la suya, con fuerza, sí, pero marcando, con el gesto, una distancia entre ambos que nunca salvarían.
Victoria Pelayo Rapado.