La mujer parecía arrancada de un fotograma de la famosa película de Buñuel, Las Hurdes, tierra sin pan, y adherida, a la fuerza, a una realidad distante. Estaba en una calle céntrica, en hora punta, cerca de una tienda de telefonía móvil. Se apoyaba en un bastón y observaba sin asombro. A su alrededor palpitaba la vida intensa de la ciudad. La gente caminaba con prisas, como si sus destinos fueran a desaparecer en un suspiro. Pasaba casi desapercibida, aunque algunos se daban la vuelta para verter una mirada incrédula sobre ella.
Vanesa vio a la anciana. A sus dieciséis años, nunca se había encontrado con alguien así. Se acordó de las antiguas fotos en blanco y negro de familiares que no llegó a conocer. Sin saber muy bien porqué, sintió lástima.
—¿La puedo ayudar en algo, señora? —preguntó con educación.
La mujer levantó su rostro cuajado de arrugas y le regaló una mirada llena de gratitud y una sonrisa desdentada.
—No, hija, muchas gracias —respondió la anciana con una voz sorprendentemente armoniosa —, ahora vienen a recogerme.
Vanesa siguió su camino con la extraña sensación de haber visto un fantasma.
Víctor M. Jiménez Andrada
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