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Salvador Calvo Muñoz
Viernes, 23 septiembre 2011

Septiembre: A Machado y E. Carranza

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 La lluvia es una excepción. Y, ¡Oh, paradojas!, en cuanto llueve un par de días o tres, se empiezan  a oír enseguida las quejas y las lamentaciones de Jeremías: “¡Qué empacho de agua! ¡Qué hartura de lluvia!”.

 

         Tal pareciera  que el nativo de este secarral angosto tuviera fundidas las luces de la percepción y el común sentido. En el norte cántabro, entre chubasco y garúa, a veces luce el astro, disfrutan de él y no se lamentan. Pero aquí, dos gotas esporádicas y ya estamos de agua hasta las trancas y la coronilla.

 

         Es curioso, y asombroso, que el común de lusitanos y vetones no acabe de embeberse con la orgía sensorial que representa ese maná líquido del cielo. Desde luego, para el campesino, y para el que ora et labora en el agro, la lluvia es otro mundo: Así como se torna oro puro cuando cae propicia y hace brotar los frutos de la tierra, también es un enojoso inconveniente para el que brega a la intemperie.

 

         Pero qué digo de campesinos y labores agropecuarias. El mundo se torna urbano inexorablemente y aquella vida rústica y silvestre, otrora esencial, late y palpita ya triste y solitaria, interrumpida, si acaso, por algún que otro landróver o tractor ocasional. Con una excepción que nos atañe cordialmente: Los cazadores en otoño y algunos en invierno.

 

         Pero si  lloviera un par de días, la pátina polvorienta del espacio se limpiaría y se iría a la oscuridad de las alcantarillas; las hojas de los árboles y los lirios del valle lucirían en su esplendor, y el aire, traslúcido, nos mostraría los intersticios de todo el entorno.

 

         Los muchachos, en clase, estudian o leen. Monotonía de la lluvia tras los cristales, y el pobre Don Antonio Machado para siempre en Collioure.

 

         Todo está bien. Acabará lloviendo en el páramo polvoriento. La lluvia lo aseará todo. Moverá  el viento las copas de las palmeras y flamearán las banderas de mi patria. Todo está bien; menos mi corazón, todo está bien, como escribió aquel vate colombiano. Beatífica lluvia de septiembre, que no acaba de llegar.

 

                                                                                  Salvador Calvo Muñoz

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