Mi madre quería que mi padre muriera en casa, por eso había advertido a las monjas que lo cuidaban que cuando llegara el final, nos avisaran para ir a buscarlo. Así que cuando llegó el momento, fuimos a por él en una ambulancia. La monja nos dijo, ya no hay que hacerle nada, ha perdido la consciencia, sólo tenéis que humedecerle los labios para que no se le resequen. No llegó a un día el tiempo que estuvo en casa. Nos turnábamos mi madre, mi hermana mayor y yo. Estábamos hablando de avisar a la familia, sobre todo a los de fuera, y entonces surgió el tema de la esquela. La discusión empezó porque mi madre preguntó que si en la esquela pondríamos el nombre de mi ex cuñado o el de la nueva pareja de mi otra hermana, o no poner nada, como si su matrimonio de repente se hubiera desvanecido; porque si la gente veía un nombre distinto sabría que se había separado, y si se ponía el nombre de su marido, sería muy raro verla llegar al entierro con otro hombre. Durante años la enfermedad había hecho estragos en la memoria y en el cuerpo de mi padre, y lo que quedaba de él era tan poco que apenas abultaba debajo de las sábanas. Y allí sentadas, las tres nos enzarzamos en una absurda discusión sobre qué nombre poner en la esquela. Total si los dos nombres son extranjeros, quizá la gente ni siquiera encuentre diferencia entre ambos. Mi hermana mojó el pañuelo en el pequeño cuenco y después lo aplastó con leves toques en los labios de mi padre, mientras le decía a mi madre que su opinión debía prevalecer, que para eso era la mayor. Protesté por un argumento tan pobre como injusto y nuestras voces acallaron las palabras de mi madre, que nos pedía silencio y respeto por mi padre. La discusión se prolongó con el asunto del nombre, poner uno, poner otro o no poner ninguno, hasta que al final nuestra discusión acabó con su último suspiro de vida.
Victoria Pelayo Rapado.