Domingo, 6 noviembre 2011

Multinicks

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Juan Cruz

He vuelto de Nueva York. Vine en avión. A mi lado dormían o leían personas de cuyo viaje sólo supe que lo hacían; ignoro sus identidades, como ellos ignoran la mía. Somos una multitud de seres anónimos viajando; a mi alrededor habría, seguramente, personas preocupadas por el destino que acababan de dejar, por el tiempo que se les avecina; habría ciudadanos felices o tristes, seres humanos dominados por pasiones grandes o chiquitas, ciudadanos capaces de superar la envidia o el odio, u otros intimidados por sus propios defectos, o ignorantes de virtudes que nunca han puesto de manifiesto, ilusionados por las lecturas, las películas,la música o el amor que los precede o que esperan en el destino al que llegan poseídos por el cansancio, el sueño y el jet lag. Un universo fantástico de opiniones encontradas sobre la vida, sobre los otros, sobre las ideas o sobre las cosas. Pero no hablé con ninguno de ellos. No pude, no supe, mi cansancio era atroz, como si viniera de un largo viaje a mi vez, antes de emprender esta travesía; había padecido un catarro fuerte mientras estuve en Nueva York, pero no pude parar, era un trabajo el que me había llevado allí. Y ya en el avión, al entrar, era como si hubiera regresado a casa, en silencio, buscando el refugio en la penumbra, buscando el sueño como quien busca una mano. Tenía un amigo que preguntaba, en cualquier circunstancia, sobre el estado de ánimo de aquellos a los que se encontraba en las calles, preguntaba a las taquilleras del cine, a los que lo que atendían en el banco, a la librera, a la panadera, al tendero, al carnicero, preguntaba y preguntaba y hallaba siempre, en medio de la oscuridad de su curiosidad incesante, de dónde venían, qué hacían, qué esperaban de la vida, cuál era la esencia de sus preocupaciones, sus esperanzas, cómo se sentían. Y hallaba respuestas a sus preguntas veniales o incómodas, interesadas o punzantes. A veces lo imito; pregunto y pregunto y pregunto; un día reciente, una joven profesora (en paro) en Tenerife me preguntó: "Y ya que tú preguntas tanto, déjame que te haga una pregunta: ¿por qué te hiciste periodista?" Le dije: "Por preguntar". Mi madre me decía: "Este chico está toda la vida preguntando". Preguntando, preguntando, como si con las respuestas yo me hiciera a mi mismo una gran pregunta y una gran respuesta. Cuando empecé este blog, hace más de cuatro años, fue para hacerme preguntas, para escucharlas, para responderlas, si supiera responderlas. Debo reconocer que me he llevado una gran decepción, pues concibo este lugar, internet, los blogs, como una gran oportunidad para intercambiar, ante la cara de los otros, o al menos ante sus nombres y ante sus voluntades, las preguntas, las experiencias, el desarrollo de las inquietudes de unos y de otros; sin embargo, he comprobado a lo largo de este tiempo que es muy difícil hablar cuando al otro lado el antifaz sirve para devolverte bruma donde tú esperas por lo menos un nombre propio. Pero, en fin, parece que es un peaje. Me niego a sentirme preso por ese peaje. Así que, tranquilos los que se preocupan de los multinicks que usan este sitio para borrar la intención de volver a entrar, desde ahora en adelante aquellos que se sientan intimidados por ellos, un solo consejo: hagan como que no existen; si existen es porque el interés ajeno les levanta las ganas de seguir incordiando. Yo estoy harto, cómo no, porque me encantaría tener aquí, en este sitio, un diálogo normal con tanta gente inteligente (multinicks incluidos, no me cabe duda) pero es que no sé quiénes son porque, sobre todo, no puedo adivinar sus intenciones. Sigamos hablando, pero dejemos de preocuparnos por los que no hablan sino tachando. Ah, y esta palabra, tachando, es la última que escribo al respecto. Así que tachando.

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