Domingo, 6 noviembre 2011

La buena hija

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Victoria Pelayo

 Desde pequeña se sintió discriminada en su propia familia, incluso llegó a tartamudear por ello. Al crecer, los sentimientos permanecieron invariables, pensaba que no se le daba el lugar que le correspondía. Con el tiempo, la inseguridad que gobernaba su vida fue dando paso a un nuevo sentimiento, la envidia, que lenta e inexorablemente fue corroyendo sus entrañas. Durante años hizo saber a su madre su malestar, su firme oposición a que se hubiera favorecido a los hermanos menos afortunados que ella. Sus retahílas penetraban en el cerebro de la anciana como veneno inyectado con agujas. Tanto veneno dio sus frutos hasta convencerla de sus razones y arrastrarla al banco. Allí, la pobre vieja se sentó frente al director como el que se sienta por última vez en una silla eléctrica, y con los dedos retorcidos por la artrosis, plasmó en media docena de hojas su consentimiento para nombrar un nuevo y único titular. La letra pequeña debió advertirle del riesgo de destrucción de la familia. No volvió a dormir. El remordimiento y los nervios se apoderaron de ella, es la enfermedad, decía su buena hija. Los últimos días de su vida los pasó preguntándose qué la habría hecho merecer tan cruel castigo, en cambio su hija, no volvió a sentir envidia. Había conseguido de forma sibilina un reconocimiento a su labor de buena y amante hija. El desprecio más rotundo le llegó del resto de su familia, aunque pagó el precio con gusto. Al fin se había hecho justicia.

 

 

Victoria Pelayo Rapado.

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1 Comentario
4R
Fecha: Martes, 8 noviembre 2011 a las 16:31
¡Eres la leche! y lo malo es que son situaciones tan cotidianas que dan pavor. Jolines con la insegura.
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