Que discutieran delante de la gente no era novedad, como tampoco lo era que en una reunión de amigos se ignorasen. Ahora, que la mañana de la boda los pillase en medio de una monumental bronca, era cuando menos, embarazoso. No pienso dirigirle la palabra, amenazó mientras la peluquera le arreglaba su peinado de novia. Después, durante el intercambio de las alianzas, se la puso en el dedo sin mirar, de tal modo que a punto estuvo que se le cayese de no haber sido por un unísono movimiento de manos que consiguieron sujetar el anillo.
En el restaurante se negó a sentarse con su ya marido. Por Dios, hija, como vas a sentarte con tus amigas, decía su madre a punto de la crisis. Consiguieron convencerla de que se sentara presidiendo la mesa principal junto al novio, aunque no le habló ni una sola vez durante toda la comida y se negó a chocar su copa con la suya en el momento del brindis.
Cuando trajeron el flamante pastel de boda, cinco pisos de merengue y fresas, lo colocaron delante de los novios para que hicieran los honores de dar el primer corte. La acalorada novia que llevaba todo el día conteniendo su furia, cogió de un manotazo la pala que le ofrecían hundiéndola en el merengue y lanzando paladas sobre los platos, al tiempo que los invitados se apartaban para no recibir en sus trajes la inesperada lluvia blanca.
Victoria Pelayo Rapado.