Hace unos años, en el 97 más concretamente cayó en mis manos un libro, cuyo autor era D. José López de Sebastian y cuyo titulo era “ECONOMIA DE LOS ESPACIOS DE OCIO”.Por aquel entonces coincidía que yo estaba realizando el segundo año de los cursos de doctorado en la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid y no se si, por razón de que, mezclaba la naturaleza con la economía ó por un empeño en profundizar en las teorías de la demanda de Marion Clawson, aplicadas a la accesibilidad y la congestión de carreteras, empecé a leerlo con inusitado entusiasmo, dando al terminarlo con la conclusión de que se trataba entonces de un libro muy novedoso y con plena vigencia en aquellos años.
Casualmente volví a encontrar el libro hace unas semanas, y empecé a releerlo con curiosidad. Lógicamente inicie la lectura por su introducción; y en ella vuelvo a entusiasmarme por que plasma una serie de reflexiones que yo creo que sigue estando de actualidad a pesar de los años trascurridos desde que se publico la primera edición (1975); y que voy tratar de transcribirlas con el permiso del autor, por que creo que en la coyuntura económica en la que estamos y dado el potencial de Extremadura como reserva casi única de la naturaleza no solo de España si no en Europa, podemos sacar ciertas conclusiones:
“El fenómeno en el que la Naturaleza absorbe la capacidad del individuo para contemplar. Y puesto que ésta, como la inspiración para el artista, son estados puros del espíritu en los que no cabe simultanear otra operación consciente, el hombre que se encuentra en ese estado parece también más natural, más ingenuo, más infantil; en una palabra, más inútil.
El mito de la utilidad, como la idea del crecimiento continuo de la renta “per cápita”, no pueden permitir en el individuo estados como el que comentábamos. Aparece una sensación de pérdida de producción.
Por eso se han dedicado en los países no desarrollados pocas horas al estudio de los recursos naturales desde una perspectiva de su conservación.
El recurso natural tenía que generar beneficios contables, porque de ese modo el incremento de los activos en poder de la gente se traduciría en un mayor grado de “civilización”.
Es verdad que, hasta ahora, la potencia de un país ha sido medida por un indicador considerado unánimemente como de valor general: la renta “per cápita”.
Sucede sin embargo que, si en un principio, y sobre todo en los países que van a la cabeza de la investigación, del arte y de la cultura, la correlación entre potencialidad y renta es algo bastante cierto, otra cosa muy distinta es lo que ocurre con países cuyo arranque económico no ha estado unido a una conciencia colectiva suficientemente clara sobre lo que se hacía.
Para poder estudiar mejor esa clasificación de potencialidad a escala mundial habría que añadir al indicador “renta” el de “uso de la renta”.
Porque, insistiendo en esto último, la observación rápida de lo que ocurre en los países nos lleva a una consecuencia doble: el deseo de crecimiento de la renta ha sido general (el concepto de crecimiento cero es reciente y además es posiblemente la síntesis, en países desarrollados, de dos tendencias hasta ahora divergentes: la de los “conservacionistas” y la de los “desarrollistas”), pero el principio que rige el uso de esa renta parece que ha llegado a un punto de inflexión: se está pasando de una huida del espacio rural y de una búsqueda de placeres de carácter urbano, todo ello en su cenit desde hace algunos lustros, a una vuelta al ambiente libre y natural donde el aire y la luz no sean bienes escasos. Este principio condiciona la distribución del consumo individual, que ahora dedica partidas importantes a bienes y servicios ligados a la recreación y al uso del espacio no sofisticado.
Todo este preámbulo nos viene a mostrar la dificultad que tenemos hoy en España para saber en qué posición se encuentran actividades tales como la recreación y la denominada defensa de la Naturaleza. Ambas son incompatibles hasta un cierto grado; la primera descubre al ciudadano un nuevo campo de consumo, pero el fenómeno de consumir es en este caso nocivo y poco agradecido para su fuente de suministro, porque en ocasiones llega a la destrucción del recurso natural en el que se apoya. Además, a los niveles demográficos y técnicos en los que se encuentra nuestro país, ofrecer paisajes, vida espontánea, agua limpia y aire puro incide en los presupuestos nacionales; nos queda la duda, más adelante analizada, sobre si esos presupuestos deben ser públicos o privados y si la inversión resultante tendrá un retorno en forma de precios políticos o precios de mercado. El problema de la conveniencia del gasto público está ligado a esas complejas economías externas de las que se habla tanto ahora, intangibles, quizá imposible de objetivar, ligadas a la salud física y psíquica, la reposición de energías, el incremento de vida imaginativa y creadora, la reflexión sobre valores dejados un poco al margen en la actividad agobiante de hoy, todo esto producido al entrar en contacto el individuo con los recursos naturales mantenidos mediante inversiones en conservación y en recreación.
Cualquier lector interesado en temas económicos ha podido ver la escalada de los métodos cuantitativos, que no se ha detenido ante ningún tipo de pudor. Así, por ejemplo, el beneficio/coste, índice considerado en general válido para comparar la eficacia de distintas inversiones, sólo se atrevió en un principio a evaluar resultados tangibles y algunos proyectos específicos. Se convenía en tomar el trigo o la carne como algo sujeto a precio y a valoración monetaria, pero no así, por ejemplo, la satisfacción del pescador aficionado que veía nuevas posibilidades de disfrute en los lagos artificiales producidos por presas que regulaban precisamente un caudal de riego con el que se iban a obtener ese trigo y esa carne.
Poco a poco, el beneficio/coste se ha ido aplicando con más ambiciones, evaluándose con mayor o menor precisión beneficios antes considerados como fuera de la órbita del método, y entrando en sectores tales como la Educación y la Sanidad, donde muchos técnicos aún sentían hace poco repugnancia, por parecerles bastante inmoral tratar al individuo tan fríamente al hablar de las rentabilidades de unos servicios tenidos por necesarios para la dignidad humana.
Pero si la escuela o el hospital se justifican muchas veces ante un Parlamento por motivos de estricta humanidad, luchándose por que no entren en litigio valores económicos en temas que se tienen por muy al margen del tratamiento contable, no ocurre así exactamente con las inversiones en recreación. Es ya muy fácil convencer a un político, es decir, a un parlamentario, sobre la exigencia de esos servicios relativos al paisaje y a la Naturaleza; solo hace falta una buena dosis de imaginación y un máximo de fortaleza moral ante el acoso de la especulación: téngase en cuenta que una de las mayores desgracias del recurso natural potencialmente recreativo es su competencia con otros usos -industrial, residencial- con rentabilidad privada alta. Para que el político pueda defender el “estado puro” del recurso, necesita además de esas virtudes antedichas un arma eficaz, llena de precisión, capaz de enfrentarse con los temibles índices beneficio/coste de turno sin perder por ello su fuerza.
Como vemos, el problema de las inversiones en recreación y conservación se debe centrar en un juicio y en una preferencia a determinar de dos formas: una, la de la técnica económica, y otra, la discusión política a todos los niveles, desde el de la opinión pública hasta el del Parlamento.
La recreación pública tiene un ámbito extenso, abarcando actividades muy diversas y planteando inversiones de gran magnitud en algunos casos y de grandes exigencias de imaginación e ideas en todos. Podemos señalar ahora una primera diferenciación del sector siguiendo a Clawson y a Knetsch, ofreciendo una clasificación esquemática de las áreas de recreación en tres tipos.
El primer tipo – basado en los recursos naturales cuyo carácter es singular o espectacular – responde a lo que pudiéramos llamar parques (nacionales o regionales) y áreas naturales. Se mezcla aquí la finalidad de conservación ecológica con una adecuación de los recursos para su uso recreativo.
El segundo tipo de recreación pública tiene un enfoque intermedio entre el anterior y aquel cuya demanda se liga más a instalaciones deportivas.
El tercer tipo está dedicado a servir como parque metropolitano o de carácter análogo. Su superficie es más reducida que en los tipos anteriores, las instalaciones están prácticamente en su totalidad dedicadas a una recreación activa (deportes, juegos infantiles) y en ciertos casos a fines científico-docentes (museos botánicos, zoológicos). Se ha perdido así por completo el sentido de una conservación ecológica por no haber realmente ecosistemas que conservar con carácter de primera necesidad.
Cuando el individuo sale al aire libre, buscando un ambiente sin agobios y unos elementos naturales que merezcan la pena de contemplarse, se interesa por áreas de recreación del tipo primero.
Es por eso por lo que el concepto de Área Natural va unido a dos limitaciones rigurosas: la que pudiera llamarse ecológica, que incide sobre la densidad en el uso desde una perspectiva técnica, y la de calificación de la experiencia recreativa, derivada en gran parte de la afluencia de visitantes.
Como vemos, las Áreas de Recreación del tipo primero, cuyos recursos son siempre de una calificación incuestionable y de un elevado interés científico, constituyen un sistema de gran delicadeza donde se mezclan la variedad de los paisajes y de los elementos singulares con un tipo de demandantes que extraen un beneficio de la experiencia tanto más completo cuanta más soledad haya, existiendo siempre el problema del daño ecológico, un factor que acorta la utilidad general y global del Área, al impedir grandes densidades de visitas. También hay otro factor que viene a sensibilizar aún más el sistema: la perdida de beneficio que sufre la comunidad humana que habita en el Área, dejando unos recursos libres de todo uso que no sea el recreativo y aún éste llevado a intensidades siempre muy bajas. El problema de la incompatibilidad de usos del suelo y los costes de oportunidad que aparecen al conservar el Área en su estado natural y salvaje, sin otro aprovechamiento económico (situación que resulta muchas veces difícil de justificar, con el riesgo de que promotores privados estén dispuestos a operar en resortes claves, consiguiendo lo que a veces se llama, en forma optimista,”movilización de recursos turísticos”),inciden en las consideraciones anteriores, siendo difícil tomar una decisión justa y equilibrada sobre el uso del suelo en Áreas Naturales.
Los Parques no Nacionales en los que los elementos naturales de carácter único y las condiciones de vida salvaje no reúnen suficiente atractivo para convertirse en el centro de justificación de Área Recreativa, necesitan acudir a inversiones públicas en instalaciones. A veces, esas instalaciones tienen un carácter complementario: es el caso de pequeñas obras en un bosque, en los alrededores de un lago o en una zona de montaña; en general no es oportuno ni siquiera conveniente plantear una transformación de esos recursos en áreas sofisticadas que deshagan el equilibrio ecológico y perjudiquen el atractivo que podría tener una zona, mantenida con un mínimo de cambios.
Ahora bien, una política recreativa justa no puede basarse en la restricción de un uso a ultranza, manteniendo oportunidades de disfrute sólo para aquellos que desean soledad y paisajes para contemplar y no creando lugares de esparcimiento para los demás tipos de usuarios que prefieren el deporte y la distracción activa o simplemente que encuentran dificultades para visitar Áreas Naturales desprovistas de comodidad (personas de edad, familias con muchos niños, enfermos, etc.). El peligro que acecha siempre a la política de servicios públicos es su falta de generalidad; de la misma forma que el sistema impositivo necesita de ese requisito para tener un planteamiento justo, también la distribución del gasto ha de beneficiar a todos.
La pugna entre “conservacionistas puros” y “recreacionistas activos” alcanza hoy en el mundo extremos de gran virulencia. Para los primeros el valor ecológico es insustituible. Tienen razón; el problema es que la vida humana también lo es y con ella la oportunidad para el individuo de tener una diversión, un ejercicio sedante que le signifique alguna compensación a la dureza del trabajo diario. Si el bosque se cerca, si el recurso natural se hace inaccesible, si los lugares realmente recreativos se mantienen ocultos por miedo a que el uso demasiado abundante los dañe, se puede llegar a la contradicción de proteger la fauna y las especies vivas, haciendo que tengan libertad y espontaneidad en su desarrollo, y privando de estas últimas a la especie humana, que se ve constreñida cada vez a lugares más comunes, a espacios más sucios y menos libres. Desgraciadamente, si el conservacionista quiere proteger la Naturaleza, el especulador quiere mantener su negocio, que consiste en arrancar a los recursos naturales su valor monetario, construyendo urbanizaciones donde antes había aire y vegetación, y avanzando en la carrera hacia el desastre de la polución industrial y urbana.”
Todo lo anterior, que generaliza el Sr. López de Sebastian al hablar de Áreas de recreación, sirve para poder centrarnos, en una de las potencialidades que tiene Extremadura en lo referente al aprovechamiento recreativo de las aguas interiores; desde la década de los setenta, la afluencia de población a ríos y embalses aumentó considerablemente, fruto de la demanda de esparcimiento que se generó posteriormente a la etapa del los planes de desarrollo. Originariamente, el uso recreativo de parte de los embalses y de tramos fluviales como muy dicen López Ontiveros y Mulero Mendigorri, estuvo presidido por una característica común:”la espontaneidad de los usuarios”, ya que aún no existía reconocimiento oficial de este tipo de aprovechamiento para ese particular uso como es el ocio. Tal es así que en 1966, mediante un Decreto la administración hidráulica establece las bases de ordenación de las zonas limítrofes de los embalses; así mismo y en otra ordenes posteriores (1970 y 1982) el Ministerio de Obras Públicas hizo una clasificación de los embalses, según sus posibilidades potenciales de aprovechamiento recreativo; pero que no confrontaran con las funciones principales de los embalses. Intereses principales que se siguen salvaguardando actualmente.
Aún así es destacable por la coyuntura económica en la que nos desenvolvemos afirmar, que los diferentes especialistas, coinciden en destacar la idoneidad de estos espacios para el recreo y su capacidad potencial para contribuir a la dinamización económica del entorno en el que se localizan, debido a la atracción de las corrientes turísticas hacia los mismos; sirviendo como un gran activo potencial para contribuir al desarrollo económico de áreas rurales desfavorecidas, por lo que ya es de todos conocido, que el uso recreativo del agua va dejando atrás su papel complementario y marginal y se insiste en potenciar los equipamientos recreativos que complementen la oferta recreativa; y sin perjuicio de estar vigilantes en aquellas zonas de fragilidad ecológica, que pudieran sufrir riesgos medioambientales por los usos de ocio.
Hace ya unos años (1993) García González, estudió el turismo de los grandes embalses Extremeños, y establecía las causas por la que esta actividad no se ha consolidado en la región, aún reconociendo el interés de la administración en dicha consolidación, como potencial contribución al desarrollo de las zonas extremeñas más deprimidas.
Por ultimo, y siguiendo el hilo de la introducción el Sr. López Sebastian, en su libro finaliza señalando: “que en algunos sectores de opinión se ha pretendido ver en las actividades recreativas una especie de lujo que puede contrastar en mayor ó menor medida con el nivel de renta de muchas regiones españolas. El tema no es tan simplista, sin embargo, para que pueda ser despachado con una conclusión rotunda. Evidentemente, si en un mismo paisaje se incluyen chalets lujosos y pastores de montaña que no saben leer, ni siquiera hablar con facilidad a veces, el contraste lleva al espectador objetivo a mostrar su asombro y a condenar un sistema social dentro del que sean posibles esos dos extremos. Si ese espectador tiene algo que ver con la política, deberá plantearse una tarea inmediata: la de igualar los niveles de dignidad humana de todos los habitantes incluidos en el paisaje anterior.”
Juan Pedro Aguilar Sáenz
Ingeniero de Caminos Canales y Puertos del Estado.