Nochevieja, otro año más cena familiar, uvas, brindis, deseos. En fin, se dijo, es lo que toca. Había reunido a su familia en casa y se disponía a recibir el nuevo año. Los platos, con sus doce uvas cada uno, esperaban sobre la mesa al igual que las copas y el cava frío. La presentadora de turno comentaba los preparativos de las doce campanadas desde la Puerta del Sol. Justo antes, y para tener suerte, propuso que todos metieran algo de oro en las copas. Ella puso su anillo con un brillante de considerable tamaño. Qué locura, campanadas, las uvas a toda prisa, los niños, la suegra, la gata, los besos, el feliz año. Alguien dijo que saliéramos a la terraza a ver los fuegos y ella lo hizo con su copa en la mano. Cuando vio a los vecinos de enfrente, que se volvían locos tirando petardos, alzó su copa en señal de brindis derramando el líquido a la calle. Fue al salir el anillo volando, cuando recordó que lo había puesto dentro.
Lo que siguió a continuación fue que todos nos olvidamos de seguir celebrando la nochevieja para tratar de recuperar el anillo: algunos desde la terraza, tiraban al vacío de seis pisos, monedas, tuercas y arandelas para ver dónde iban a parar, mientras los demás desde abajo, nos lanzábamos a la carrera tras los tornillos con la esperanza de seguir la pista del anillo. Menuda noche. Todos riñendo con todos. Lo extraordinario fue, que cuatro horas después y con la única ayuda de los faros del coche enfocando la calle, encontró el anillo, totalmente deformado, sí, pero con la piedra intacta.
Victoria Pelayo Rapado