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Armas contra ayuda humanitaria.
Sangre contra voluntariado y solidaridad. Odio contra amor. Todas estas frases se reflejan cuando un Estado, como
Israel, decide atacar a una pequeña fragata de ayuda humanitaria con tripulación de diferentes lugares y que viajan como cooperantes.
Han usado las armas, el ejército, y
han matado a 16 personas, junto con 70 heridos,
por odio y rencor a una población que comparte muchas similitudes, pero
a la vez muchas diferencias que les impide desarrollarse como pueblo y
Estado.
La
comunidad internacional no debe
guardar silencio porque se ha violado el derecho internacional y la
libertad de navegación en la zona de alta mar, además de un delito
contra los derechos humanos. Según define la Convención del Derecho del Mar, éste es
“patrimonio de la humanidad”
y “ningún Estado podrá pretender legítimamente someter cualquier parte
de la alta mar a su soberanía”. Además, señala la convención, en su
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artículo 88 que
“la alta mar o aguas internacionales sólo podrá llevarse a cabo actividades con fines pacíficos”. Sólo con estos motivos, la comunidad internacional debería hablar y de qué forma.
España, la Unión Europea y la ONU han expresado su condena de forma contundente, pero cabe la pregunta ¿y Estados Unidos? ¿qué pasa con Estados Unidos? ¿qué tienen que esconder, dónde está su condena?