Con la capucha calada hasta las orejas, recorro veloz las aceras pobladas de gente que va y viene, a sus casas, de sus trabajos, a sus citas, desencuentros o que simplemente camina. A veces voy en línea recta, porque hay pocos transeúntes o los que hay, van todos por un lado. Otras, voy en zigzag, levantando airadas protestas a mi paso, murmullos que mueren a mis espaldas, por la velocidad, por lo imprevisto, por el susto. Me gusta pasar entre la gente, rozándola, silencioso, amparado por el ruido del tráfico y de las conversaciones, no me oyen aproximarme, pero sienten el movimiento en sus ropas, siempre al borde del desastre, provocando incluso los gritos de alguno más desprevenido, que se ha llevado un gran susto al adelantarlo tan rápido, a tan pocos centímetros de él, que un movimiento repentino habría provocado el choque. No puedo evitar sonreírme cuando sorteo los cuerpos en una acera abarrotada. Subido en mi bicicleta me vuelvo sibilino y peligroso. Cada día busco las calles más concurridas, las horas con más tránsito. La peatonal de las tiendas, alrededor de las doce, atestada de gente que entra y sale de los comercios, sin mirar, de mujeres con carritos de bebés, de ancianos con bastones, de gente hablando por el móvil, y yo, entre todos ellos, bordeándolos, esquivando cuerpos, cada vez más difícil, cada vez más protestas a mis espaldas. También está la calle de los institutos, la hora de la salida es la mejor, los chicos cargados con sus mochilas, distraídos, hablando, haciendo movimientos inesperados y peligrosos, ¡no saben hasta qué punto peligran!, cambiando de dirección de repente, echando a correr en un segundo, peleando, y yo, entre ellos, haciendo de mi zigzag una auténtica filigrana en el asfalto. Antes yo también iba a un encuentro, a una cita, a ver a un amigo. Ahora, no. Ahora es mi bicicleta la que me lleva a mí. Y me lleva entre la gente, y cuanta más gente, más excitado me siento. Pasar entre personas que caminan a su ritmo, con sus pensamientos, con sus destinos, pasar sin saber que en cualquier momento pueden hacer un giro brusco, decidir entrar en una tienda o cruzarse para saludar a un conocido o parar en seco en medio de la acera; pasar, pasar entre tantas posibilidades de provocar un accidente, a derecha o a izquierda, delante o en diagonal; pasar, pasar entre todos ellos con el vértigo de la incertidumbre, con un nudo en el estómago, raudo, veloz, suicida.
Victoria Pelayo Rapado.