Lunes, 13 febrero 2012
Domingos de caza

Zorzales

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Salvador calvo Muñoz

Todo el campo un momento se queda mudo y sombrío, tiritando; no hay viento ninguno, ni débil cefirillo que cimbree las copas de las encinas ni las ramas secas de las retamas. Emulo aquel verso machadiano, y disimulo.

 

Después de que el astuto Ladislav esperase la llegada de aqueloutro a su guarida y le diese matarilerilerón, nos fuimos, mediando la tarde, a ver la subida de los pajaritos desde los acebuches del ribero hasta las arboledas de los llanos.

            Yo, ver, lo que se dice ver, me parece que no veo nada. ¡Este arrabal de senectud, vieja Celestina! “¡Papá!”, se desgañita Rodri, cuando algún malviz me pasa a tiro; y yo, los ojos como platos, mirando acá y acullá, no veo un pimiento.

            Pero el caso no es la torpeza de mis sentidos y las carreras de Ari para cobrar los pájaros que Rodri echa al suelo, sino la quietud casi mineral del panorama. La tarde declina y la luz del tibio sol se va perdiendo por poniente. Las sombras, que hurtaron su luz al día, se extienden inexorablemente por el campo solitario de encinas. ¡Ojú, qué frío!

            Al cabo, y mientras siento cómo la helada hora del ocaso va entumeciendo mis percepciones, un zorzal atrevido vuela atravesado y lo distingo perfectamente en el aún claror del firmamento. Un tirito corriendo la mano y cae girando las alas como un remolino. Eso es todo. Las manos, como garfios, heladas, y el verso cae al  alma como al pasto el rocío.

 

SCM. 

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2 Comentarios
Angela
Fecha: Lunes, 13 febrero 2012 a las 10:49
Muy bonito
José Maria
Fecha: Lunes, 13 febrero 2012 a las 10:42
Rodrigo es un fenómeno, como se nota que se ha entrenado en Milano
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