El impacto de esta fea crisis tan debilitadora de la cultura y de los principales valores permanentes varía según las distintas regiones españolas, pues, aunque en Barcelona subió el índice de espectadores teatrales casi un 3%, sin embargo en Asturias y en Extremadura descendió el pasado año: en nuestra región hasta un 13´7% y eso que la estimación del anterior director del Consorcio Gran Teatro cacereño fue relativamente optimista, al considerar como promedio una “media entrada” en los distintos espectáculos del pasado año, en nuestro principal coliseo.
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¿Influyen solo factores económicos en este descenso o también el tipo de obra, la calidad de la compañía o grupo teatral? Seguro que sí, pues he podido comprobar personalmente en Madrid recientes éxitos de comedias satíricas como Burundanga, o incluso meramente desenfadadas o evasivas como TOC-TOC: con sus constantes risas de los masivos espectadores que querían olvidar por un par de horas los acuciantes problemas sociolaborales y económicos con los que nos desayunamos a diario.
Pero el éxito en otros espectáculos actuales igualmente mayoritarios puede radicar en el prestigio del autor (un Valle Inclán en su primer esperpento Luces de bohemia), en su director (La mecedora, dirigida por J.Mª Flotats) o en la fama, con relativa buena crítica, de El testigo, a cargo de Rafael El Brujo, un nuevo Juan Palomo.
Y cuando la sala está desangelada de público, como sucede bastante frecuentemente, quizá se deba a un precio elevado o no bien justificado en la mediocre calidad dramatúrgica, o sea que la historia se compadece poco con la realidad o que la trama e incluso la interpretación se alía poco con la verdad de los hechos y de las emociones transmitidas por los personajes.
Ahí tienen mucha responsabilidad, no solo la dirección y su equipo técnico, sino también el que abunden actores considerados “sillas incluso de diseño”, o sea que dócilmente se colocan donde les dice el director o son bustos parlantes de un autor, a cuyos personajes y situaciones les aportan poca vida y creatividad; esa falta de credibilidad, como les pasa a tantos políticos, produce hastío y una progresiva deserción de espectadores.
¿Y puede pasar que haya un respetable que no se informa previamente, si acaso ligeramente con el programa de mano y se dispone, sin mayor actitud crítica, a dejarse entretener o atrapar por esa magia ilusionista del artesanal teatro? Es conveniente, como hacen en Galicia y otros lugares, mantener después un coloquio y, dialogar o contrastar con otros el mensaje, la puesta en escena y otros valores o antivalores teatrales.
Desde esta sección prometemos presentarles los espectáculos que se den en nuestra capital cacereña y pasarles una crítica razonada y razonable de este vivo arte de Talía.
Miguel Fresneda
Blanca Portillo, la responsable de tan fausto montaje estuvo bien y aun mejor hubiera estado si suprime o atenúa unas escenas “cuasimísticas”, que hacían de paréntesis de la creciente tensión de la obra; y como intérprete mucho mejor en la primera parte: por cierto estaba irreconocible, disfrazada de mademoiselle-cocinera, deambulando por la escena con el señor de la casa, un exjuez muy juguetón, antes de comenzar la obra , sin anunciar “la función va a comenzar, apaguen los móviles” (por cierto sonaron varios) y también durante la misma, como si fuera un espectro.