Si decimos Manuel Fernández Morales, puede pasar inadvertido ya que con ese nombre y esos apellidos el ciudadano cacereño “no caerá” en él. Pero si nombramos a Manolo Winston, se sabrá de quién se trata, ya que era un personaje de la vida capitalina muy singular y peculiar, que pasó por la vida siendo malo para él y los demás, cuando bebía, y entrañable cuando estaba en sus cabales, que en los últimos tiempos no solía ser lo habitual.
Manolo Winston ha fallecido en la residencia Geriátrica de Talayuela, en donde ha pasado los últimos seis meses de su intensa vida, gracias al desvelo de una cuñada que le atendió con cariño y en silencio, sabiendo que su final estaba cercano – se encontraba muy enfermo, padecía cirrosis hepática, complicada con otras patologías - después de unos años viviendo en la calle, en donde se instaló con un grupo de indigentes habituales, sobre todo en el Paseo de Cánovas de Cáceres, renunciando a una existencia con más o menos comodidades, dados los tiempos que vivimos, pues de su trabajo, fundamentalmente de camarero, le quedó una modesta pensión , que debido a su situación de alcohólico, dilapidaba en un plis plas, como él mismo reconocía a sus conocidos, que eran cientos, a muchos de los cuales abordaba cuando se encontraba con ellos, para pedirles comida, tabaco o dinero.
Manolo Winston era un tipo muy curioso y vivido, que si te parabas con él y aguantabas su “ primer tirón” de pedigüeño, podías entablar una amena conversación . Yo lo hice en numerosas ocasiones, nos profesábamos un sincero afecto, y sé de él muchas cosas e increíbles anécdotas que obviamente no voy a relatar aquí, porque lo único que pretendo es señalar su óbito y recordarle públicamente, al margen de repudiar la vida malsana que llevó, lo cual le reproché en innumerables ocasiones, a lo que él siempre me respondía “ ya sé, soy carne de cañón, esto es lo que hay y como vivo, es como quiero”, mientras consumía un cigarrillo y sonreía.
Es obvio que cuando no estaba en sus cabales no era Manolo Winston. Protagonizó numerosos altercados, ciertamente que de “ poca monta”, a veces molestando a quienes abordaba o “ montando” algún que otro numerito en diversos lugares y ocasiones. Pero Manolo, y no es justificar sus acciones, no tenía ni mal fondo ni mal carácter y apreciaba a quién le atendía y le daba afecto y no le molestaba, al menos en mi caso. Por eso, los que le conocimos y tratamos, sentimos su pérdida y le damos un abrazo eterno en la seguridad de que él lo recogerá con la sonrisa que definía su actitud ante la vida. Una vida que se ha truncado a los 56 años, como era previsible dado su estado.
Manolo Winston, descansa en paz, esa que siempre perseguiste, bien claro, a tu manera, y los que de momento aquí quedamos, te recordaremos con la sonrisa abierta que de continuo regalabas, sin pedírtela.