Lunes, 21 junio 2010

En un mundo raro

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Juan Cruz

La suya es una literatura de la vida sin esperanza y, sin embargo, como se advertía ayer tarde en Lisboa y como se advirtió también en vida de Saramago, cuánta esperanza le dio a tanta gente. Podías estar de acuerdo o no con él, podías entender o no sus posiciones políticas, podías discrepar de ellas, pero jamás le podías negar a Saramago la hondura con la que se enfrentó a la literatura como pieza en la que gravitaba su manera de ver este mundo raro.

Simultáneamente, como actúa la vida, se han ido de este mundo raro dos personajes que lo interpretaron desde las honduras de la paradoja, José Saramago y Carlos Mosiváis; ambos había entrado, uno en México y otro en Portugal y en Lanzarote, en las entrañas de un misterio que quisieron explicar: cómo explicar la vida.

Saramago optó por indagar en la piedra de la que proviene el hombre, ese pesado fardo que Sísifo llevaba hasta lo más alto para perder de nuevo el equilibrio que quiso ganar. Su escritura, sobre todo desde Ensayo sobre la ceguera, ganó en hondura y en extrañeza, su extrañeza ante el mundo; y ganó también en rabia e independencia, porque esa metáfora, todos estamos ciegos, todos vamos dando vueltas a una calle sola en la que no hay más salida que la oscura verdad de las almas asustadas o heridas, nace de su propia rabia, de su enfado con el mundo y todos sus alrededores, incluidos sus alrededores divinos.

La suya es una literatura de la vida sin esperanza y, sin embargo, como se advertía ayer tarde en Lisboa y como se advirtió también en vida de Saramago, cuánta esperanza le dio a tanta gente. Podías estar de acuerdo o no con él, podías entender o no sus posiciones políticas, podías discrepar de ellas, pero jamás le podías negar a Saramago la hondura con la que se enfrentó a la literatura como pieza en la que gravitaba su manera de ver este mundo raro.

Las colas interminables de gente que le fue a saludar cuando ya él no les puede ver, cuando su vida ya es pasado y tiempo cumplido, es un reflejo de esa variedad de emociones que desató en vida con la palabra dicha y que desatará para siempre con la palabra escrita.

A media tarde vino el Vaticano a darle a su vida y a su obra la paletada gris que acostumbra; extraña en cristianos que sean tan inmediatamente crueles, pero así se comporta el Vaticano a veces, tantas veces, aunque siga sin comprenderse que las viejas enseñanzas del perdón de los pecados no se aplique esta vez también de manera automática. Es que seguramente no fueron pecados los de Saramago y sí son pecados del Vaticano... En fin.

Después de leer esa nota tan crítica del Vaticano en l´Osservatore Romano de la que nos había avisado Miguel Mora me fui a la orilla del río, en Lisboa, a mirar esa maravilla que regala tantas metáforas del tiempo, y después me fui a caminar por la Rua Augusta. Y después volví al río, a cenar, a tratar de poner en orden el cansancio de los días, cuando estalló la otra noticia tremenda, también temida desde hace semanas, la muerte de Carlos Monsivais.

Intermitencias de la muerte, señales de humo de la vida. Monsivais también retrató el mundo raro; fue el gran cronista de su país, México, y el gran referente periodístico y contracultural de América Latina, del que han aprendido (y hemos querido aprender) muchos periodistas que de una u otra manera han tenido la cultura (y la contracultura) como sujeto, desde Juan Villoro a Jordi Soler (que escribe hoy de él en EL PAÍS y que está trabajando en una antología sobre su obra) hasta Jorge Fernández Díaz, que hoy publica en EL PAÍS Semanal una extraordinaria crónica cultural (y contracultural) sobre Diego el Cigala y su Cigalatango. Monsivais era un maestro, como lo son en España mis admirados Juan Cueto o Fernando Savater, como lo fue Manuel Vázquez Montalbán: enfrentado al mundo raro de la política, de la literatura, de la sociología y de la música pop, decidió mezclar los mundos, adentrarse a la vez en todos los universos, y de ahí nació una especie de literatura rock que incluía un sentido del humor exacerbado por las brumas ruidosas de una inteligencia que no paraba de inventar.

Le vi muchas veces, sobre todo en Guadalajara, México, en los últimos tiempos; el agravamiento de su enfermedad me halló de improviso, pero ya hubo algunos amigos que vinieron a Madrid con las malas nuevas, de modo que ayer, junto al Tajo, viendo pasar el tiempo, cuando llegó en Skup (este nuevo instrumento que nuestro periódico pone al servicio de la discusión social y de la información global) la breve nota de que también se había ido Monsivais sentí como si el río dejaba de ser metáfora de la vida o del tiempo y se convertía en metáfora oscura del tiempo que se detiene. Un mundo raro, estamos para siempre (y hasta que acabe) en un mundo raro, y se han ido dos que ayudaban a entenderlo diciendo que lo desentendían.

De su blog Mira que te lo tengo dicho
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