...Yo no permitiría el uso del burka ni en España ni en el resto del mundo y ayudaría a mis hermanas a luchar contra la opresión que las obliga a llevarlo. Así como tampoco permitiré que se practique la ablación del clítoris ni ninguna otra práctica que, amparada en una religión, arrebate la dignidad o la libertad a una mujer. No delante de mis ojos y después de los años de lucha que nos está costando conseguir la libertad...
La opinión pública se divide estos días entre regular o no el uso del burka en nuestro país. Unos opinan que se deben respetar las costumbres y religión de los inmigrantes, otros que de ningún modo podemos permitir que se atente contra la dignidad de la mujer en nuestras calles.
Me gustaría reflexionar un poco sobre este tema, en estas líneas, para hacer reflexionar, así, a la ciudadanía sobre un tema que nos atañe a todos.
España ha sido tradicionalmente un país de emigrantes, ya sea por cuestiones políticas, durante la dictadura, por ejemplo, o por cuestiones económicas, como sucedió en la posguerra. Los españoles salimos del país en busca de una vida mejor, con más oportunidades, con más libertad. De este modo, emigramos a Francia, Alemania, etc. Pero no lo hicimos solos, llevamos nuestra identidad cultural con nosotros. Nuestras costumbres, nuestra religión, nuestra forma de ser.
Tras la estabilización política en España y su recuperación económica, hemos pasado a ser un país receptor de inmigración. Personas que, como nosotros, buscan oportunidades, una vida mejor.
Ellos tampoco han viajado solos, Traen consigo sus raíces, su memoria, su nostalgia, su cultura.
Los alemanes de las islas cenan a las seis, los ingleses de Sierra Morena toman el té a las cinco, los chinos de lavapiés celebran sus festividades y los musulmanes rezan en las mezquitas. Hasta aquí todo bien. Esta nueva España multicultural se ha enriquecido mucho con la llegada de inmigrantes pues con su integración hemos ganado todos. Ellos han integrado en su cultura parte de la nuestra y nosotros hemos aprendido la suya y la hemos respetado, logrando convivir, como antes de la reconquista, múltiples culturas en un mismo territorio intercultural pero ¿Dónde está el límite en esta integración?
España ha crecido con esta interculturalidad pero no puede permitir que, por respetar la cultura de origen de una etnia se tambaleen derechos que tanto ha costado conseguir, como es reconocer y respetar la dignidad de la mujer.
Las mujeres de España no se bañaban en bikini hace unas décadas, ni siquiera votaban. No tenían ni voz ni voto. Tras años de una lucha que aún no ha terminado, hemos conseguido logros de los que disfrutamos las mujeres de esta generación. Orgullosas, ofrecemos a las mujeres que vienen de fuera el disfrute de estos mismos derechos. Todas las mujeres son iguales a todos los hombres, independientemente de su país de origen o de su religión. Si en el Islam más conservador la mujer sufre una opresión injusta, maltrato o castración, no podemos escudarnos en la tolerancia para mirar a otro lado y permitir que estos comportamientos se lleven a cabo en nuestras calles.
En estos casos, la tolerancia nos hace cómplices.
Por eso yo tolero y respeto las músicas de otros países, tolero y respeto su religión, tolero, respeto e incluso aprendo sus idiomas pero jamás, jamás toleraré y respetaré que una mujer sea obligada a vivir encerrada en un burka que tape todo su cuerpo hasta ahogar su alma.
Como tolero, respeto y amo a mis hermanas de otras etnias, no permitiré que ningún hombre calle su voz, le ponga la mano encima, le imponga sumisión o la encierre en un burka.
A las personas que dicen que se trata de una decisión personal les diré que ninguna decisión es así, ya que vivimos en una sociedad patriarcal en la que la presión de la sociedad es más fuerte que nuestra propia decisión. ¿O no se han parado a pensar por qué el hombre no lleva burka?
Yo no permitiría el uso del burka ni en España ni en el resto del mundo y ayudaría a mis hermanas a luchar contra la opresión que las obliga a llevarlo. Así como tampoco permitiré que se practique la ablación del clítoris ni ninguna otra práctica que, amparada en una religión, arrebate la dignidad o la libertad a una mujer. No delante de mis ojos y después de los años de lucha que nos está costando conseguir la libertad.