El nuevo poemario de José Cercas es de una plasticidad tan elocuente que uno puede asomarse a sus páginas como quien contempla un cuadro.
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Puede el lector detenerse en cada detalle, es más, cada poema es una pieza que está engarzada metódicamente como las cuentas de ámbar en un collar, que se necesitan unas a otras, que reflejan la luz desde cualquier ángulo.
Cercas en realidad ha escrito un cuadro, y desde él nos transmite todas sus emociones mediante elementos cotidianos o profundos: la tierra: dónde camina el hombre diminuto; el fuego, donde allí todo vale; el viaje, en una estación de trenes desde donde presta especial atención al adiós y a la muerte; la existencia, con sus días de invierno; la casa, en la que hay una puerta que se abre y por la que entran también el aire y los océanos; los amigos; el hierro y por encima de todo el canto al nuevo día. Éste es, sin duda, el poema central del libro, y cuya perspectiva nos ofrece la posibilidad de entender el libro desde cualquier ángulo, como esos retratos que nos mantienen la mirada mientras pasamos ante ellos.
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Fragmento del prólogo del libro por el poeta Antonio Polo
Director de la revista Ariadna
Director de la editorial del mismo nombre
me duelen los nudillos.
En la proa una rosa de viento,
"....Asombrado, más que asustado, gritó de nuevo: ¡Mamá, te dije que la araña se estaba moviendo! A continuación, una tras otra, las ocho patas del gigantesco insecto se despegaron del suelo y empezaron a moverse. Siguió una confusión de gritos y carreras....".
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