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Moisés Cayetano Rosado
Miércoles, 16 mayo 2012

FADOS, DE CARLOS SAURA

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El fado -tan frecuentado hoy en día como el flamenco, muchas veces “fundido”, en Extremadura- fue elevado por la UNESCO a Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2011. Dos años antes había sido el tango, y en el medio el flamenco. Así, esta trilogía de canciones urbanas, portuarias, marginales en sus comienzos, nostálgicas, profundas y desgarradas, se reafirmaron como referencia universal; algo que ya lo eran para millones de personas que han vibrado y vibran con la profundidad y la elegancia de unas composiciones populares que detrás suelen tener los versos de los poetas más profundos de sus tierras respectivas y a la vez más populares, así como magníficas composiciones para guitarras, bandoneones, acordeones y violas, después diversificados en todo tipo de instrumentos musicales.

El director de cine Carlos Saura tuvo el acierto de  filmar en 1995 su película “Flamenco”, que fue todo un alarde de puestas en escenas, de color y movimiento. En 1998 haría lo mismo con “Tango”, ese latido argentino tan influenciado por los ritmos europeos del Mediterráneo, desde donde llegaron incontables emigrantes, con la añoranza de su tierra. Después, en 2007, llegaría “Fados”, que aún late caliente en las filmotecas y videoclubs.

“Fados” resulta ser un homenaje  sorprendente al “alma portuguesa”, tan abierta al mundo y tan concentrada a la vez en sus pequeñas cosas que resultan ser tan trascendentes. Atenta al amor íntimo, pero también abierta a la solidaridad; dolorida con la tremenda soledad del marginado; esperanzada a veces, pero aún más desalentada con la visión del mundo que nos toca vivir. Y sobre todo, tan palpitante de humanos sentimientos, necesitados de comunicarse a los demás.

En la película, se hace un dinámico recorrido histórico por el fado. Y ahí está la emocionante voz de Maria Severa, envuelta en el mito romántico “maldito” de mediados del siglo XIX, con tanto sufrimiento de por medio. El suave y elegante latir de Alfredo Marceneiro, tan humilde en su expresión y tan profundo y cautivante. O la inolvidable Amália Rodrigues, con su belleza clásica y su voz que se arrastra por el alma. O los grandes de ahora: Carlos do Carmo, Camané, Mariza, entre otros, de personalidades tan distintas y a la vez gigantescas.

Tampoco deja atrás Carlos Saura la evocación de Zeca Afonso, con imágenes extraordinarias del 25 de Abril, en tanto oímos Grândola, Vila Morena: siempre se pondrán los pelos de punta viendo a ese pueblo entusiasmado, oyendo a ese cantor de tanta calidad y calidez… ¡Qué comunión perfecta en la revuelta digna!

Pero el cineasta introduce en su historia otros ritmos, otras influencias, otros “toques musicales” y danzas que son un contrapunto al tiempo que un complemento enriquecedor: los bailes y cantos brasileños y africanos (la inevitable presencia colonial, en esto afortunada), de entre los que quiero destacar la voz aterciopelada, plácida, serena de Cesaria Évora, todo un remanso de paz y de melancolía. Y en esos contrapuntos, notas de color en un vestuario vivo y variado; en unas danzas vitalistas, llenas de ritmo y alegría, para “compensar” la quietud melancólica del canto lusitano, que alcanza lo sublime cuando lo filma en una “Casa de fados” de Alfama, mostrando la esencia espontánea y generosa del “fado vadio”.

No falta tampoco la fusión con el flamenco, aunque sí echo de menos un “apunte” al “fado de Coimbra”, que hubiera completado con brillantez el repertorio.

En cualquier caso, el sabor que deja la película es mucho más que grato: conmovedor, fiel a lo que el fado significa, a lo que el alma del pueblo lusitano lleva dentro: música serena, poesía, reflexión sensata sobre el paso de la vida, “saudade” en lo más íntimo y capacidad de rebelión masiva cuando se hizo imprescindible (¿vuelve a serlo en estos nuevos momentos de injusta crisis promovida por los que hacen al pueblo víctima de la misma?).

Posiblemente la mejor de la trilogía, “Fados”, coproducción portuguesa-española, nos ofrece 90 minutos de buen cine, que los amantes del mismo, y de la música y cultura portuguesa (tan abundantes en Extremadura), no deben dejar en el olvido. Hay que verla para aprender, comprender y disfrutar. Y de paso, volver a las otras dos: “Flamenco” y “Tango”, la primera tan cercana en la cultura extremeña; la segunda, tan vivida por nuestros muchos emigrantes en Argentina, que fue nuestro principal destino de promisión hace ya un siglo. 

Moisés Cayetano Rosado

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