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Félix Pinero
Miércoles, 16 mayo 2012

LA DESAMORTIZACIÓN DEL POSESIVO

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El pronombre posesivo es un referente de la cotidianeidad; pero no todos los posesivos con los que convivimos a diario merecen por igual nuestra atención, cuidado y mimo. La connotación posesiva es la misma; no así la consideración que nos merecen uno u otro. Hablamos de mi casa, mi ciudad, mi mujer… y no abonamos por igual nuestro referente posesivo. Cuidamos nuestra casa, descuidamos nuestra ciudad y no respetamos a nuestra mujer, como si la posesión de la cosa poseída no fuere igual en género y número.

 

            Velamos por la limpieza de la casa, medimos el gasto de agua y luz que, aun siendo nuestra porque la pagamos, es de todos, al ser bienes universales por encima de la propiedad particular de las empresas concesionarias; cuidamos con esmero las plantas que adornan y dan más vida a la propia casa; pero descuidamos los jardines públicos como si no fueren nuestros; parece no importarnos el derroche de agua; no nos preocupa una luz encendida de día; arrojamos basura sobre la acera; no respetamos el mobiliario urbano como propio, ni los árboles y los jardines que circundan nuestro entorno, alientan nuestra atención.  

 

            Nuestra ciudad –más aún la antigua, patrimonio de la Humanidad--no pareciere así tan nuestra, tan de todos, sino solo de sus moradores y cuidadores. ¿Será de todos y por eso mismo de nadie? ¿Cómo entender, entonces, el posesivo? No hacemos nuestra la posesión o pertenencia; no asumimos el referente: que los árboles, los jardines, las aceras, los bancos para sentarse… están ahí, invitándonos al disfrute de su posesión, que no fuere individual, sino colectiva. No asumimos la pertenencia como referente. No sería nuestra ciudad, sino la ciudad de los otros, que la toman y saquean, como prenda y objeto de una pertenencia conquistada, como los ejércitos hicieren en la antigüedad.

 

            La ciudad es mía, tuya, suya, nuestra…, posesivo singular, masculino y femenino; es decir, de todos. Cáceres es posesión y pertenencia de la Humanidad. El referente posesivo de la ciudad es más moral que material. La posesión y pertenencia de la ciudad implica obligaciones más que derechos. Si la ciudad se siente, se vive y se disfruta, a qué hacer antónimo lo que es sinónimo; lo nuestro, nuestro hábitat mayor, respecto de nuestro hábitat familiar.

 

            Cáceres, mi ciudad, nuestra ciudad, patrimonio de la Humanidad, parte de nuestro ser, posesión moral, pertenencia nuestra; declinación de nuestro espíritu, conjugación de nuestra voluntad… Ciudad os doy y no vertedero; casa disfrutáis y no es papelera; mujer tenéis y no es ni objeto ni sierva. Pertenencia habéis y no saco roto… Mi ciudad, nuestra ciudad, vuestra ciudad, con  nombre propio  --Cáceres; ¿olvidaría Plasencia, la amada ciudad adoptiva?-- referente de todos, posesiva madre para todos.

 

            Vamos perdiendo los posesivos porque ya ni son adjetivos, que califican al sustantivo, ni pronombres que sustituyan al nombre para establecer una relación de posesión. Nuestras madres remarcaban el posesivo añadiéndole el artículo determinado, para que no hubiere duda alguna de que el mi Carlos se refería a su hijo Carlos. Los militantes de los partidos creían, ufanos, que aquellos eran míos, tuyos, nuestros, de todos, cuando simplemente eran suyos; es decir, del aparato, que hacía y deshacía a su antojo listas y ofrecía prebendas a sus criados y pelotas, reunidos en pequeño sanedrín, aunque hablasen de abrirlos a los simpatizantes y cuantos menesterosos les votasen buscando en ellos su esperanza perdida. Enfatizábamos que las autonomías eran nuestras cuando, como escribiere un conocido abogado del franquismo, fueren “las autonosuyas”. Creíamos entender que España era de los españoles cuando tan solo fuere de sus gobernantes que se repartían la tarta dejando al resto las migajas. Las cajas eran nuestras desde su fundación por los padres de los pobres, pero ya no las poseemos, porque pasaron a ser referentes de género y número de la cosa poseída por otros. La educación básica, obligatoria y gratuita (1985), el Sistema Nacional de Salud (1986), el Sistema de Pensiones Asistenciales (1990) y el cuarto pilar del llamado Estado del Bienestar, la Ley de Dependencia (2006), fueren de todos, especialmente de los pobres;  pero los actuales gobernantes, que no nos los dieron, les suprimen los adjetivos y restan al posesivo el género y el número, desposeyéndoles de la relación de posesión o pertenencia pública. Es más: convierten en adjetivos posesivos lo que antes eran simples vocablos que designaren instituciones de todos para remarcar aún más su relación de pertenencia: Extremadura es la mi madre, el mi Parlamento, el mi Gobierno… Casi nada es ya público, sino privado, aunque muchos se empeñen en seguir diciendo: delante mía/o desguazaron el Estado del Bienestar, unos por acción y otros por omisión, como si también hubiéremos perdido el pronombre que fuere en lugar del nombre, y el posesivo universal que les insuflaren sus fundadores… “Lo flipo, tía: era nuestro y nos lo quitaron para dárselo a los bancos…”, hoy, vísperas de San Isidro, cuando la protesta por el posesivo perdido se hizo universal en reivindicación del pronombre posesivo…, el 15-M, la voz de los sin voz de un mundo globalizado, pero no solo suyo, de otros; no nuestro; de unos pocos. 

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