En él se podían ver a diario y siempre con la sonrisa en el gesto, a los cuatro hermanos Blanco, y en la cocina como buen maestro a Eustaquio, que hasta su muerte, en la mañana de hoy, ha defendido los valores de la esencia extremeña, divulgando desde su casa restaurante para todo el mundo, que la carne de lagarto se puede comer con una buena salsa de tomate, que las tencas fritas son un manjar, que las ancas de rana pueden resultar deliciosas simplemente rebozadas, que las migas con huevo frito y torreznos entran por los ojos para llegar al estómago regadas con un buen vino de la tierra o que el biscuit de higos resulta maravilloso como postre.
Tan de Cáceres como el Figón, rezaba el slogan que se podía ver en los años ochenta en los autobuses urbanos con una foto de Pepe Blanco, el primogénito de la saga de los Blanco, familia hostelera por antonomasia, pionera en el mundo de la restauración, fiel a los principios defensores la cocina extremeña, con una de las cartas más extensas que puede haber en un restaurante, el genuino, el típico El Figón de la Plaza San Juan.
En él se podían ver a diario y siempre con la sonrisa en el gesto, a los cuatro hermanos Blanco, y en la cocina como buen maestro a Eustaquio, que hasta su muerte, en la mañana de hoy, ha defendido los valores de la esencia extremeña, divulgando desde su casa restaurante para todo el mundo, que la carne de lagarto se puede comer con una buena salsa de tomate, que las tencas fritas son un manjar, que las ancas de rana pueden resultar deliciosas simplemente rebozadas, que las migas con huevo frito y torreznos entran por los ojos para llegar al estómago regadas con un buen vino de la tierra o que el biscuit de higos resulta maravilloso como postre.
Se sabía que estaba enfermo, y su cuerpo ya no aguantó más. Este martes seis de julio es el sepelio, a las 10 y media en la Parroquia de S. Juan de Cáceres, que preside la plaza del mismo nombre, y a veinte metros El Figón, desde donde Eustaquio Blanco fue acumulando galardones y reconocimientos como La Medalla de Extremadura o el Premio de la Asociación de Cocineros y Reposteros de la región, los dos de los muchos que recibió, de los que más presumía, el uno por su extremeñidad, el otro por haber sido reconocido por sus propios compañeros.
La saga de los Blanco y de la familia de Eustaquio llora su muerte como lo hace un sinfín de extremeños y visitantes, fieles a la filosofía y el buen yantar de El Figón. Ahora queda la estela en el moderno restaurante Eustaquio, que defienden su mujer, Mariángeles, su hija Nerea y su fiel compañero de batallas cocineras y gastronómicas, el sin par Manolo Espada.
Francisco de Borja Gutiérrez