2. A puerta cerrada. Fui a ver Madrid 1987, el arriesgado viaje de David Trueba al infierno encerrado en un cuarto de baño. Cuenta Trueba la peripecia cómica y dramática que viven un reconocido columnista del Madrid de los 80 y una muchacha universitaria que se le ha acercado para convertir la vida del famoso escritor en un trabajo de fin de curso. Al encuentro y a la entrevista sucede la seducción; en aquel verano, en medio de un largo puente, el escritor dispone de un piso que le proporciona un pintor amigo suyo. Un accidente sin importancia los abandona solos en el cuarto de baño estrecho de aquella vivienda provisional. La puerta se ha cerrado, no hay manera de abrirla, y aunque gritan desde el ventanuco pidiendo auxilio, aquel Madrid canicular no escucha a nadie, y la pareja accidental vive, desnuda, el largo fin de semana, hasta que un drogota que pasaba por allí oye los gritos y accede a llamar al dueño del piso, que acude en auxilio de las víctimas del extraño secuestro. Ese tiempo, dos días con sus noches, dan para mucho: en primer lugar para poner de manifiesto el infierno en que vive todo ego reconcentrado. El escritor alterna momentos de sublimación de su propia personalidad con instantes en que se descubre, desnudo, como un animal sin importancia. La chica asiste a esa autodemolición a veces con ternura pero siempre en guardia, tratando de extraer de aquella confesión más materiales para su propio trabajo académico. Trueba consigue, como el Sartre de A puerta cerrada o de La Náusea, un retrato de lo que puede el infierno con un hombre solo aunque esté en compañía de otros (o de otra). La atmósfera que crea, dentro de ese cuarto de baño al que entra una rendija de luz en el infierno del verano madrileño, es de absoluta asfixia, que en distintos momentos afecta por igual a los encerrados. La literatura (la que crea el escritor acuciado, la que propicia la ingenuidad bellísima de la chica) van salvando el infierno a fuerza de fantasía. Pero el infierno está ahí. Cuando al fin se abre la puerta, la chica huye hacia el mundo de cielos azules y el escritor se queda allí, consultando los recortes que la chica ha dejado atrás y que, cómo no, siguen alimentando el ego del que acaba de salir del infierno... María Valverde, la chica, y José Sacristán, el escritor, le devuelven a Trueba el esfuerzo de su imaginación en forma de hermoso retrato del alma cuando ésta no encuentra salida a su viaje al fondo del ego.