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Moisés Cayetano Rosado
Miércoles, 30 mayo 2012

¿ALEMANIA, OTRA VEZ NUESTRO DESTINO?

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Conocemos tan bien los sinsabores de la emigración que ahora, cuando de nuevo parece que va a ser el destino de muchos de nuestros jóvenes, es bueno volver a reflexionar sobre lo que significó en los años sesenta para nosotros. Ahora bien, en esta ocasión quiero invitar a que se haga de una manera “desenfadada”, ya que generalmente lo hago con tintes duros, de sinsabores.

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Sinsabores de la emigración europea de los años del desarrollismo (1961-1975) que en la película película alemana (2011) de Yasemin Samdereli “Almanya” - que en esta ocasión quiero recomendar- pueden haberse transformado en un producto descafeinado, una impostura. Y es que nos muestra la cara amable de lo que fue una sangría para los pueblos miserables de la cuenca mediterránea, que encontró en la próspera Centroeuropa una solución a los problemas endémicos de paro y falta de perspectivas de futuro.


Sin embargo, en medio del desenfado de unos personajes que -tras vivir largos años en Alemania- vuelven temporalmente a Turquía porque el “patriarca” de la familia así lo decide, al comprarse una casa en el pueblo de origen, se presenta lo que la emigración significó en años tan difíciles: alivio para la situación de pobreza de millones de personas, inyección de recursos (remesas de emigrantes) para las familias que quedaron atrás y para la Balanza de Pagos de los países emisores…; pero también, desarraigo, separaciones, barreras de integración y convivencia en lugares de recepción, vaciamiento de pueblos mediterráneos y envejecimiento de los mismos… Y al final, acomodación en los lugares de acogida, problemáticas con distintos grados de aceptación dentro de las propias familias, y pérdida de valores culturales heredados, con problemas de identidad personal y colectiva.

Pero todo ello, regado con humor, tanto en la desenfadada interpretación de los protagonistas (desde el abuelo que marchó 45 años antes, hasta los nietos infantiles, pasando por su mujer, sus hijos, los amigos), como en las situaciones descritas, con el choque de culturas, costumbres, comportamientos… Se originan algunas situaciones chocantes, a causa del desconocimiento idiomático, pero también por la simbología religiosa, que es puesta en cuestión por parte de la familia turca, al ver cómo en Alemania “adoran a un cadáver clavado en un madero en forma de cruz, y luego comen y beben su sangre”: visto desde fuera, la verdad, es que resulta impactante.

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La acción es muy dinámica, colorida y cambiante, alternando el relato del presente con la evocación del pasado que lo explica. Es cierto que apenas toca el drama de lo que aquel fenómeno significó para la mayoría, pero también lo es que se entrevé en los diálogos, en los silencios, en las evocaciones. Sin su chispa de humor, el film sería desgarrador y no están los tiempos como para salir con más depresión de las salas donde se proyecta.


Eso sí, quien quiera entrar en la intensidad del drama que entonces se vivió (y en muchos lugares se vive), el libro ya clásico “Cabeza de turco” (1987) -“Ganz unten”, en versión original- de Günter Wallraff -duro donde los haya, directo y sin concesiones- nos puede poner en situación, como otros muchos en la extensa bibliografía del fenómeno migratorio. Solamente el subtítulo es ya una llamada de atención sobrecogedora: “Abajo del todo”. Turcos, en Centroeuropa, y españoles, y portugueses, argelinos o marroquíes: abajo de la ciega cadena social y productiva, en el libro denunciada con crudo realismo, y en esta película con relajada comicidad.

Tal vez haya que acercarse a la película, y también al libro, para equilibrar entre ambos lo que parece ser que ya mismo a muchos les espera.

MOISÉS CAYETANO ROSADO


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