Jueves, 31 mayo 2012

Sobre esta piedra, por José Luis Restán

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Se han preguntado mucho estos días sobre cómo vivirá Benedicto XVI las traiciones de su entorno, esa sensación de mareo en el Vaticano, la tremenda exposición del cuerpo de la Iglesia en la feria de las vanidades en que se han convertido tantas veces los medios.

 Sólo puedo mirar y escuchar al Papa, con eso me basta. Sé hasta qué punto conoce las inmundicias, la ambición y el afán de poder que también hacen presa en quienes formamos la Iglesia. Y tampoco desconoce la envergadura nada despreciable de los poderes mundanos que la amenazan desde fuera. Sé también con cuánta frecuencia repasa la historia, maestra de la vida, para llegar a mirar con un poco de ironía y un mucho de piedad las tremendas debilidades de los hombres. ¡Tan grande es el hombre, y tan pequeño!, que diría genialmente Peguy.

¿Un esquife?, bueno... León Magno se puso frente a Atila sin otras armas que sus ornamentos sacerdotales y detuvo al bárbaro. Y Pío VI murió en Valence, preso de los revolucionarios franceses. La fuerza y la debilidad de la Iglesia siempre entrelazadas, la frágil barca tantas veces a punto de perder el equilibrio y volcar. Un joven Joseph Ratzinger nos advertía en el lejano 1970 que "el hombre es un abismo" (¿qué decir del "pobre" camarero que sacaba los papeles del apartamento papal?) pero "la Iglesia no está sólo determinada por el abismo del hombre sino por el abismo mayor, infinito, del amor de Dios". Y entonces los pronósticos de los cínicos pueden fallar, seguramente fallarán.

Es cierto que para la sensibilidad de este gran testigo, de este gran Padre de la Iglesia que es Benedicto XVI, el dolor de verse circundado por ciertas miserias debe ser especialmente agudo. Seguramente a eso se refería el Papa cuando hace pocos días hablaba a los cardenales de las tormentas de su vida; tormentas por las que, a la postre, encontraba también motivo para agradecer al Dueño de la viña. Qué cierto resulta aquello que Jesús le anunciara a Pedro tras la resurrección, para que no se hiciera vanas ilusiones: "cuando seas viejo otro te ceñirá y te llevará a donde no quieres". Sí, a donde no quieres. Y sin embargo...

La homilía de Pentecostés ha sido el gesto de gobierno, el testimonio paterno, la palabra de la verdad que el Papa quería dar a la Iglesia y al mundo en esta hora amarga. Sin forzar el gesto, con esa mesura que casi desarma, con la luminosidad tan suya que convierte un razonamiento en una sinfonía, con los ojos, eso sí, algo más hundidos que otras veces. "Asistimos a eventos cotidianos en los cuales nos parece que los hombres se hacen más agresivos y malhumorados, comprenderse parece demasiado difícil y se prefiere permanecer en el propio yo, en los propios intereses... En esta situación, ¿podemos verdaderamente encontrar y vivir esa unidad de la que estamos tan necesitados?". Y Benedicto XVI remacha que cuando los hombres tratan de usurpar el lugar de Dios corren el peligro de no ser ya ni siquiera hombres, porque pierden la capacidad de ponerse de acuerdo, de entenderse y trabajar juntos. Esto puede pasar en cualquiera de nuestros ámbitos y también, claro está, en el Vaticano. 

La herida de los hombres es muy profunda, bien lo han visto los grandes genios de la literatura de todos los tiempos, y con especial desesperación los de nuestra época. "La unidad puede existir solamente como don del Espíritu, que nos dé un corazón nuevo y una lengua nueva", explica el Papa, y para él es una experiencia germinada tanto en la alegría como en el dolor. La Iglesia existe sólo por este don que no cotiza en las bolsas ni sufre la prima de riesgo. Este don que hace sonreír a los cínicos y que incluso parece aburrir a tantos cristianos, eclesiásticos incluidos: "no me vengas con eso, hace falta actuar, limpiar, reestructurar, organizarse...".

Pero el humilde trabajador en la viña del Señor insiste: "sólo el Espíritu nos guía hacia las alturas de Dios, para que podamos vivir ya en esta tierra el germen de la vida divina que está en nosotros". Así vive Benedicto en medio de la tormenta, con la mirada fija en las alturas de Dios y los pies bien plantados en el barro de la historia. En estos días aciagos es él la imagen viva de la verdadera Iglesia de Jesús y no ese mercado de baratijas en que algunos (de dentro y de fuera) intentan convertirla. 


José Luis Restán, director editorial Cadena Cope

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