Habitualmente,
cuando me encuentro el nombre de un
español en un lugar en el que se supone no debería estar, tomo nota y procuro
investigar a qué es debido. Una de las historias más curiosas con las que me he
encontrado, podría ser la de Juan de Lepe, que gobernó, por concesión real,
Inglaterra, por un día. Los que tenemos unos ciertos años, aún recordamos en
aquella TVE, única, el programa ´”Reina por un día”. Pues el bueno de Juan de
Lepe, se les adelantó.
![[Img #18582]](upload/img/periodico/img_18582.jpg)
Cuenta la historia que este lepero, que era marinero,
acabó de bufón del rey Enrique VII de
Inglaterra que gobernó en el siglo XV. No sé cómo sonarían en inglés los
chistes de Lepe pero le debían de hacer mucha gracia al rey, porque lo
convirtió en inseparable. Con él jugaba al ajedrez y a las cartas y en una de
esas partidas, se jugó el gobernar el
reino por un día. Es evidente que le ganó porque si no no estaríamos hablando
de él, y durante 24 horas se convirtió
en el “Little King of England”, como es
llamado en la historiografía inglesa. No
perdió el tiempo, y en ese período aprovechó para montar una fiesta por todo lo
alto para celebrar su nombramiento, y para acumular gran cantidad de riquezas y
el permiso real para en el futuro poder llevárselas a España.
Aunque tras morir el rey volvió a Lepe, donde fue enterrado en el convento franciscano de Nuestra Señora de la Bella, al que donó parte de su fortuna, no se conserva su tumba, pero sí su memoria.
No menos
interesante fue el nombre que encontré
en una de esas guías de viaje de los
Castillos del Loira, el de Villandry, del que se dice posee los
jardines más bellos de Francia, de los que fue artífice Joaquín Carvallo, que resultó ser un médico que había nacido
en 1869 en Don Benito (Badajoz).
¿Cómo fue a parar este dombenitense a Francia y sobre todo cómo se convirtió en dueño de uno de los castillos más bellos y con los mejores jardines, junto al río Cher, uno de los afluentes del Loira?
Esta es una de esas historias de esfuerzo y tesón e
inteligencia, que son tan habituales entre las gentes de esta tierra. Tras la
muerte de su madre y posteriormente de su padre, los ocho hermanos se
encontraron en una situación muy difícil. Joaquín, tras estudiar medicina en
Madrid, se marcha a París a trabajar con el doctor Richet, una eminencia que ganaría en 1913 el premio Nóbel de
medicina. Allí se encontró con una becaria, Ann Coleman, una norteamericana,
heredera de un imperio siderúrgico, con la que discutía ardientemente sobre la
guerra que en esos momentos enfrentaba a Estados Unidos y España, y que
acabaría con el
desastre de 1898, y la pérdida de Cuba, Filipinas y Guam en manos de los Estados
Unidos. Pero las disputas acabarían en matrimonio. Y con tres hijos y una gran fortuna, buscaron algún
lugar en el que vivir fuera de París, en una vivienda, lo suficientemente
amplia como para poder colgar los cuadros y estatuas, de los grandes artistas
españoles, que Joaquín había ido adquiriendo. Entre ellos, evidentemente, algunos del genio de Fuente de Cantos,
Zurbarán, pero también de Berruguete, Alonso Cano, o Juan de Arellano entre
otros.
Joaquín siguió mirando hacia España y tras comprar el castillo de Villandry, muy deteriorado, por 120.000 francos a un farmacéutico local, lo restauró, y para los jardines contrató a dos andaluces Antonio Lozano y Javier de Winthuysen, que le dieron el carácter sureño español y morisco, que lo hace diferente.
El Jardín,
tiene cuatro temas diferentes ; El amor en sus cuatro aspectos; amor
tierno, amor apasionado, amor infiel y el amor trágico. El agua, las
hierbas aromáticas y medicinales, y el huerto.
Hombre muy
religioso, se inspiró en los huertos monacales, dotándolo de colores llamativos
(Calabazas, lombardas, remolachas…) En la primera guerra mundial acogió en él a
los soldados heridos, mientras volvía a ejercer de médico.
No sería lo
único español del castillo. Los artesonados mudéjares de Toledo, y los antiguos
muebles de origen extremeño, nos muestran que su alma pese a estar su cuerpo en
Francia, se encontraba más abajo de los Pirineos.
Carmelo Arribas Pérez