Los cazadores nos debemos a muchas circunstancias. A la naturaleza, pues de ella dependen nuestras temporadas; al clima, a nuestros propios actos y a nuestros compañeros. Y también a otros compañeros. No, no es una errata ni un yerro del que escribe. El otro compañero tiene cuatro patas y se desvive al vernos, escopeta en ristre, cada domingo; se deja la piel, literalmente, dentro de un espeso zarzal en pos del conejo. Nos debemos a que esa nariz halle un par de plumas, que le lleven hasta el parapeto de la alicortada.
Hace pocos días pude vivir cuatro grandes jornadas cinegéticas consecutivas ¿Adivinan por qué? En una, un “equipo” de mil leches me puso media docena de conejos entre los puntos. En otra, unos cuantos podencos y terriers hicieron dar la cara a un buen número de raposas y “obligaron” a un compañero a protagonizar uno de los lances de su vida, que culminó, con dos cochinos. En la otra, varios urracos, atravesados de mastín, con mucho de campaneros, movieron las estribaciones de Las Villuercas. En esta última ocasión, con gran maestría, un director de perruna orquesta gritó: ¡A ver si cazamos más despacio! Una veintena de blanquinegros aminoró la marcha cuando el jaral clareaba. Gran perrero este “ficha” de Las Villuercas. Los otros dos tampoco le andan lejos, y es que a ellos se deben, binomio perfecto y obligado.
Juan
Salvador Calzas Prados
Van los días como flechas. Plena veda de larga travesía. Los espereros a lo suyo y algunos en cata del duende del bosque. Los demás, a verlas venir, como el que dice. En efecto, a verlas venir…a las tórtolas, que ya andan de crianzas y esos menesteres
Recuerdo, como si fuera ayer a última hora,
aquellas reuniones a las nueve, en la plaza del pueblo, junto a la parroquia de
Santa Catalina de Alejandría.