![[Img #19046]](upload/img/periodico/img_19046.jpg)
Al cabo del carril incómodo, se abre el llano límpido, verde y ocre, hasta el perfil azulado de la Sierra al fondo. Unas casas nuevas pespuntean los claros del bosque de encinas, y en el extremo, tras una entrada, un pórtico aparatoso que han titulado “La Carretona”. Un poco más adelante está la Carretona de verdad.
Una fortaleza en humilde miniatura. Cuatro cubos, torres redondas, en las esquinas del cuadrado de la muralla. En el centro, la casa sobre la base sólida de un cancho de granito “sillería gruesa y poco labrada” dice A. Navareño. Casa fuerte de la Carretona, de cinco habitaciones, por las que pasea, tal vez el perfil de su promotor, Alfón de Torres,
Puerta principal cegada. Arco de medio punto aladrillado. Alfón de Torres pidió permiso al controvertido Enrique IV y luego Doña Isabel, la reina católica, lo confirmó, para disgusto de los otros nobles cacerenses, que también querían defensas en sus heredades y mayorazgos.
Saeteras, o troneras cruciformes, a metro y medio del suelo. Lucha a tenazón, cuerpo a cuerpo, defensa a ultranza. Hoy, soledad y olvido. Huellas de la labor pecuaria del arrendatario y no más. Para consuelo, Carretona, desde su ángulo triangular, ve en las otras esquinas como sus hermanas, Mayoralguillo y Martina, también padecen, y aguantan impertérritas, el lento sucederse de las décadas y los siglos.
¡Ah! Lástima de muros y estructuras. ¿Nunca habrá organismo poderoso que recobre del ostracismo estos testigos de la antigüedad? A dos leguas de Norba, las viejas casonas del ayer miran el sol de los días y las estrellas nocturnas. Porte sobrio y guerrero de la Carretona del Salor.
SCM.