Jueves, 28 junio 2012

OTRA GENTE EN LA CERCANA LISBOA

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Moisés Cayetano Rosado

Es una felicidad recorrer las calles de la Lisboa antiga e senhorial sobre todo en domingo, cuando el sosiego del descanso abraza a una población que a lo largo de la semana lucha contra el tiempo, las prisas, sus múltiples urgencias. Los turistas venidos de tudo o mundo inteiro -entre los que siempre se encuentran extremeños fieles a la vecina capital- les sustituyen, remansados, admirativos, solicitados por los trabajadores de los múltiples restaurantes de la zona.

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Es el momento de recrearse en esos edificios robustos, tan bien conjugados de la Avenida da Liberdade y de la Baixa, de urbanismo y plazas monumentales, que desembocan en la “sin par” Praça do Comerço (El Terreiro do Paço, como le gusta a los lisboetas designarlo), con su sobrecogedora estatua ecuestre del Rey Don José -¡cuántas estatuas magníficas en Lisboa!-; el señorío del Chiado, con las ruinas imponentes del Convento gótico do Carmo y el Mirador modernista de Santa Justa; el Bairro Alto, tan fadista; Estrela, con su Basílica barroca; Madragoa, desde donde bajando al río disfrutaremos del magnífico Museu de Arte Antiga…; el laberíntico callejero de Alfama y Mouraria, llenas de becos, miradores, pequeños restaurantes con sonidos de fado vadio…

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Recorrer a pie sus cuestas y bajadas; montar en el “eléctrico” desde Belém (tras visitar el incomparable Mosteiro dos Jerónimos y la Torre de Belém -esplendor manuelino-, Patrimonios de la Humanidad), hasta Graça, bajando para admirar la barroca Iglesia de Santa Engracia, el Castelo medieval de São Jorge, el portentoso Panteão Nacional, el monasterio -entre manierista y renacentista- de San Vicente de Fora , y un poco más abajo la románica Sé, en cuyo claustro se atesoran restos arqueológicos desde el comienzo de nuestra Era, sobresaliendo los romanos e islámicos.

Pero este grato recorrido se ve perturbado al mismo tiempo con esa “otra gente de Lisboa” que no son los turistas tan frecuentes los fines de semana o los lisboetas con prisas de la lucha diaria. Que son de aquí o de allá pero que toman posesión de un reducido espacio y llaman (con su música, su canto, su susurro) silenciosa o levemente la atención.

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Así, la eterna fadista de la Rua Augusta, con  humilde triángulo musical y voz profunda, la mirada perdida, cuerpo hidrópico, sentada delante de las tiendas lujosas, que no pide pero agradece cualquier aportación. La acordeonista (tantos acordeonistas que nos están llegando de los países castigados de la Europa del Este…) arrodillada entre el juego hermoso del adoquinado de las calles de la Baixa. Esa mendiga expectante en la puerta románica, ennegrecida, de la Sé. El mendigo -¡tantos mendigos!-, mudo, en el Chiado, muy cerca de donde aún Pessoa aguarda sentado a los turistas, para la foto de recuerdo. El indigente, apenas entrevisto de un beco de la Alfama, confundido con la basura acumulada, embolsada y dispersa del fin de semana…

También, claro, los “hombres y mujeres estatuas”; los vendedores clandestinos de droga y joyas, que enseñan con disimulo seleccionando al posible comprador; los limpiabotas cercanos a la Estação do Rossio…

Tantos más de los que éstos son una muestra solamente. Sí, es la otra cara de Lisboa, de esta Lisboa hermosa, que extiende su atractivo a los múltiples barrios que rodean y se abren desde el núcleo que hemos recorrido.

Víctimas y testigos de la injusticia humana que podemos encontrar en cualquier parte, desde luego, en cualquier gran ciudad sobre todo (aunque en los más variados rincones de Extremadura también son frecuentes), en cualquier hermosa joya urbana del mundo en donde vayamos a admirar tanta belleza, pero donde también veremos esta denuncia, mínima y silente, de la desigualdad.

MOISÉS CAYETANO ROSADO

moisescayetanorosado.blogspot.com

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