Domingo, 1 julio 2012

PÓRTATE BIEN - Cuento -

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Carmen Ibarlucea


                                                      A un niño que vive lejos, a un joven que vive cerca

Y  a  José Cercas, poeta.

 

 

         La tarde era apacible.

            Y fue entonces cuando se vieron.

            Akil se acercaba despacio hacia la garita de guardia. Llevaba en sus manos una granada de guerra, no se podía ver el modelo desde esa distancia. Desde lejos no se podía saber si la granada tenía o no tenia anilla.

            Akil hablaba suavemente en una lengua incomprensible mientras caminaba. Su voz de niño era inocente y dulce. Daba miedo.

            Los muchachos de guardia levantaron sus armas, no podían dejar de mirar al niño. Ya no querían estar allí, el sacrificio ya no era un pequeño sacrificio a cambio de una buena remuneración. La vida y la muerte ya no eran una posibilidad lejana en caso de salir de patrulla; tal vez para vivir ahora tuvieran que matar... pero no desde lejos, y no a un hombre malvado. ¿Y cómo se vive con eso? ¿Es mejor dejarse morir? Pero... ¿y el deber? ¿Serían ellos hombres malvados? ¿Es posible que el niño fuera un malvado? ¿Y si no disparaban, qué?

* * *

Akil había salido a jugar. Había escuchado el consabido “pórtate bien” que le dedicaba su madre como despedida y se dirigía a la calle en busca de sus amigos con la esperanza de que alguno tuviera un balón.

El muchacho extremeño, dormitaba durante su guardia junto a un compañero andaluz. En realidad nunca pasaba nada y el tedio era atroz. El sol irradiaba su luz sobre el camino y ellos deslumbrados por el sol se imaginaban lo mucho que disfrutarían cuando regresaran a las noches musicales de sus tierras. 

Meses atrás, durante el sueño profundo que acogía a la mayor parte de los hogares del hemisferio norte del planeta. La contaminación lumínica enviaba al universo un mensaje, quizás sin receptor, avisando que en este brazo de esta pequeña galaxia, algún ser sin complejos había logrado dominar una energía de la que desconocía todo, y fue entonces cuando comenzó esta historia.

            Aquella madrugada primaveral las bombas incrementaron la falsa luminosidad, uniendo sus resplandores al alumbrado eléctrico. Su mensaje era más terrenal, había una guerra. En  meses precedentes se había hablado mucho de la posibilidad. Millones de personas se habían manifestado en su contra, y algunos miles hablaban a favor en foros diversos. Miles de millones guardaban silencio.

            A un nivel que pasara a la historia, hombres y mujeres poderosos habían hecho cálculos y habían previsto todo un contingente para la guerra. Para el ataque, los estadounidenses, que eran los mayores interesados, habían dispuesto de 225.000 soldados, 800 tanques M1 Abrams, 600 vehículos de combate de infantería M2/M3 Bradley, 100 helicópteros AH-64 Apache, 200 helicópteros AH-1 SuperCobra, 100 helicópteros de transporte CH-47 Chinook, UH-60 Black Hawk y CH-53 Sea Stallion, 50-60 F-14 Tomcat, 90 F-15 Eagle, 75 F-16 Fighting Falcon, 180-220 McDonnell Douglas  F/A 18 Hornet, 50 A-10, 36 bombarderos B-1B, B-52 y B-2, 60 Harrier AV-8By 4 grupos de combate marítimos que incluían a los portaaviones Constellation, Harry S. Truman, A. Lincoln y T. Roosevelt.

            Los españoles, en cambio, iban según nos decían, en misión de paz y llegaban al sur de Bagdad, cansados y muertos de miedo. En las cuentas finales, fueron 2.600 hombres y mujeres, pero no todos a la vez.

            En medio de ese caos nació Akil, y aquella tarde tenía 5 años. Miraba la vida con sus ojos negros que mostraban al mundo una mente despierta y su deseo de aventura. Cariñoso con sus mayores, solía escuchar a su madre, aunque ella creyera lo contrario. Akil se lavaba las manos para comer, sabía poner y recoger la mesa y besaba a su abuela cuando iba a visitarla. En su casa le habían enseñado que las buenas personas no roban, no pegan, no insultan y piden las cosas diciendo por favor y luego dan las gracias.

            El soldado en esta historia, es un soldado español, extremeño por más señas, del que no daré el nombre. Solo decir que era joven, que estaba en el ejército por ganar un dinero mensual,porque no le gustaba estudiar, ni trabajar en el campo. Porque le gustaba salir los fines de semana y escuchar reggaetón acompañado de una cerveza y un cigarrillo de marihuana. 

            En la prensa contaron que estaban instalados en la base de Diwaniya, y que llevaban ordenen concretas sobre cómo comportarse: debían contribuir a la seguridad y estabilidad de Irak, debían velar por el respeto a los derechos humanos y el respeto a la propiedad privada, debían mostrar respeto por las costumbres locales y, muy especialmente, por las costumbres de carácter religioso, y por último, la salvedad que da pie a esta historia, tenían derecho a la autodefensa individual, que debía hacerse por medio del empleo de la mínima fuerza, entendida como aquella que, incluyendo la letal, se limita en su nivel y proporcionalidad, así como en su duración e intensidad.

* * *

            El muchacho andaluz reacciono.

-                    mira, yo voy a pedir ayuda y mientras tú lo mantienes a raya. Qué no pase de ahí.

                      Y el muchacho extremeño, salido de un sueño profundo, comenzó a gritar... sabía que el niño no podía entenderlo, pero tenía la esperanza de asustarlo lo bastante para que se detuviera.

                     Sus gritos causaron efecto, el niño, a pocos pasos, se quedo parado. Levanto la mano y mostró claramente una granada de mano con espoleta de doble retardo electrónica, el modelo Alhambra. El joven extremeño comprendió al instante. Ellos, los hombres adultos que guardaban el mundo habían perdido algo, y el niño, educadamente venia a devolverlo. Dejo de gritar, dejo de temer, con piernas temblorosas salió del puesto de guardia, se aproximo al niño, tomo la granada, dijo “gracias” y se detuvo a escuchar.

-                     Afwan, mafi mushkila.

Akil hecho a correr, había perdido un tiempo de juego precioso, pero sabía que mamá estaría orgullosa de él.

                     El joven extremeño se sentó bajo el sol intentando recuperar el domino de sus piernas. Sentado allí recordó algo que le habían contado alguna una vez, algo sobre un poeta de su tierra, un poeta que una vez en una garita como esa, había escrito en una hoja de cuaderno: “vale por un centinela”, y poniéndola sobre el fusil se había ido de fiesta...  ¡eso es sabiduría!

Carmen Ibarlucea

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