
Rajoy, tú no te acuerdas de mí, lo entiendo, pero yo sí de ti, lo comprendo también.
Fue en Santiago de Compostela, a finales de los años 70; yo era un progre insufrible, tal vez de pantalón vaquero gastado y una barbita incipiente que, a duras penas se mantenía en mi cara adolescente y tú un jovencito bien de mucha iglesia y poca inteligencia, que mirabas por encima del hombro a todos aquellos rojos principitos de clase bien.
Nunca, jamás te vi luchar por nada, ni buscando en la primeriza democracia la razón de tu vida. Mientras yo gritaba por la libertad y la amnistía de los presos políticos, tú ibas a las misas catedralicias y comulgabas con el señor Fraga.
Claro que me acuerdo de ti Rajoy. Eras un muchachito asotanado, testigo desde el balcón de tu casa de la historia que se desarrollaba, veías como los grises de temple martilleaban con sus porras a todos aquellos jóvenes de la esperanza, “esos rojitos, pensabas tú”. Claro que me acuerdo de ti.
Mientras yo entonaba, a duras penas, canciones de Víctor Jara en la plaza de la Quintana, tú estudiabas en un despachito donde colgaba, por encima de tu cabeza, un crucifijo y el último testamento de Franco.
Claro que me acuerdo de usted, ilustrísimo Señor Don Mariano Rajoy.