Martes, 10 julio 2012

EL GENIO AL QUE DESTRUYÓ LA LOCURA

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DEX

El 23 de mayo de 1960, moría, por una enfermedad respiratoria, en el Hospital Psiquiátrico del Carmen, de Mérida, tras una permanencia de 36 años, uno de los pintores más geniales que ha originado Extremadura, que a pesar de su corta trayectoria artística vital, ya que dejó de pintar a los 31 años, el tiempo lo ha ido colocando en un lugar en el mundo artístico, que no desmerece, comparativamente, con otros grandes pintores de principios del s.XX, Ángel Carrasco Garrorena .

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Este personaje, es  uno más de los nombres extremeños, de la primera mitad del siglo pasado que contribuye  a destruir esa  etiqueta tópica, que se le ha colocado  injustamente a Extremadura durante mucho tiempo, el de ser una región  alejada del mundo cultural,  lo que en el ideario común,  la convirtió  hasta hace poco en casi sinónimo de analfabetismo e incultura. Nada más alejado de la realidad,  y una  prueba de ello, es que algunos de nuestros artistas y escritores se encontraban inmersos entre  el núcleo de los  mejores de las corrientes artísticas e intelectuales del momento. Y como ejemplo podríamos utilizar al mismo Ángel Carrasco Garrorena. Compárense, si no, algunos paisajes del pacense con los de los catalanes Santiago Rusiñol, o Mir, por citar algunos de los más conocidos  pintores del modernismo, e impresionismo, para poder constatar,  cómo la estética y acabado de unos y otros podría ser superponible. Y esta afirmación   puede el espectador aficionado a las Bellas Artes  y que conozca la obra de los principales paisajistas de principios del S.XIX español, confirmarla en la muestra antológica que sobre Ángel Carrasco Garrorena  se exhibe en  el Museo de Bellas Artes de Badajoz, que tan certeramente dirige Román Hernández, cuya inauguración fue el 1 de junio y se finalizará el 1 de septiembre.


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Nace Ángel Carrasco el 4 de febrero de 1893, en Badajoz. A los 19 años aparece matriculado en la Escuela de Artes y Oficios, en la asignatura de Figura y Paisaje dirigida por Adelardo Covarsí, dando muestra de su valía, ya que obtiene el primer puesto con sobresaliente y premio extraordinario. No es de extrañar que la Diputación le conceda una Beca para estudiar en Madrid, siendo discípulo de Joaquín Sorolla, del que captará el uso de la luz marcada por una pincelada enérgica. Es posible que su estancia en Barcelona dejara en sus obras esa impronta de los paisajistas catalanes, cuya semejanza estética he  comentado anteriormente.  Pero ya antes como podemos apreciar en su cuadro Campesinas Extremeñas, de 1917, hace un alarde de síntesis,  uniendo,  la maestría de un paisajista impresionista, a la de un retratista que sabe captar la sicología de los personajes y que llevado por las corrientes del momento, rinde tributo al costumbrismo alegre, desenfadado  y colorista. El estudio de luces cenital, que nos indica  la hora del mediodía en la que son retratadas las muchachas, con los brillos de los cántaros y sombras de las protagonistas del cuadro, que vuelven de la fuente cargadas con el agua y las frutas, símbolo del frescor y jugosidad de la juventud, y el colorido de los pañuelos, nos permiten constatar la madurez del artista. 


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Ciertamente solamente la calidad de sus paisajes ya le permitiría formar parte del elenco de los mejores paisajistas del  momento, por los estudios de luces, la pincelada impresionista, que se alarga  transformando la dura piedra del “Roquedal de Guadalajara” en pura luminosidad, y lo acertado del color, en los que los verdes de sus jardines, se hacen protagonistas. Pero lo que yo destacaría de Ángel Carrasco Garrorena, es la profundidad sicológica con la que retrata a los personajes que pinta, no se limita sólo a pintar el parecido exterior, profundiza en su estado de ánimo, nos parece que, ya sean  el de su compañera sentimental,  como los de sus propios padres, nos parece que sabemos cómo serían, sin haberlos visto jamás. Bastaría incluso seguir la progresión de sus propios autorretratos para saber cuál era su situación personal en cada uno de los estadios de su vida, hasta desembocar en el fechado en 1923, que sirve de portada al catálogo,  para percibir en la profundidad de la mirada de ese personaje allí representado la sombra de la locura, que ya le acechaba y que le atraparía de modo tan terrible un año después; “Demencia precoz en forma catatónica, con episodios de intensa sitofobia”, indica el diagnóstico del siquiátrico de Mérida, en donde fue ingresado el 17 junio de 1924, y de donde ya no saldría jamás hasta morir en 1960. (La catatonia es una enfermedad en la que el enfermo deja de responder a los estímulos externos, siendo la sitofobia el rechazo a tomar cualquier tipo de alimentos). Ángel Carrasco se hundió en un mutismo total y los intentos de las monjas del hospital, proporcionándole materiales para que pintara, fueron inútiles nunca pintó nada durante esos 36 años que permaneció ingresado, muriendo finalmente de una complicación respiratoria.


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El interés porque el cuadro no sea un solo elemento estético, sino que esté cargado de un simbolismo que establezca un dialogo con el espectador es algo que le preocupó desde el primer momento, parece paradójica esta preocupación cuando al enfermedad que le atrapó en París a los 31 años, y que algunos sospechan pudo ser debido al consumo de algún tipo de sustancia,  consistía en la falta de comunicación con los demás, y de reacción a los estímulos externos. Ejemplo de esta preocupación por cargar el cuadro de complicidades y símbolos puede ser: “Escena galante”,  pintado con 18 años, que aunque carece del genio de otros de sus cuadros, está lleno de referencias, casi hasta el exceso. Coloca la escena en un jardín, presidido  por una estatua de Cupido que adereza su arco. Las sombras que surgen de los personajes, vestidos con trajes de la época del romanticismo, permiten descubrir que la luz, viene desde atrás de la muchacha, por lo que ella es la protagonista, la labor que realiza, cosiendo, ya  indica que su lugar es el hogar, mientras el joven, la mira entre protector y pensativo, mientras  a su lado de una carpeta  sobresale una hoja blanca, lo que nos hace  sospechar,  si duda entre componer  un poema para su amada o acaso realizará un retrato            de la misma. Rematan la escena, juntamente con el ramo de flores que reposa sobre un banco, traídas seguramente por el amante joven, el escabel, que le proporciona a la muchacha una figura etérea y como espiritual, separada de la tierra, mientras una manzana destacada en la mesa y cercana a ella nos está mostrando el simbolismo de la fruta del amor… o del pecado.


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La gran cantidad de dibujos existentes, nos hacen constatar el trabajo de fondo del pintor, con apuntes rápidos, estudiando formas y figuras para luego poder plasmarlas con soltura en el cuadro. Nos da fe de la rapidez y seguridad de su dibujo una anécdota que cuenta Enrique Segura Otaño, cuando este estaba en Madrid, y  buscaba ganar algún dinero como podía;

“Detrás de un espacioso cristal esmerilado, iluminado por un proyector, con una inclinación hacia el suelo, Ángel oculto, dibuja con su mano veloz, anuncios al minuto de una casa de modas, cuyas figuras de mujer aparecen y desaparecen ante la curiosidad del público, que las contempla asombrado”.


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No es de extrañar que pese al largo silencio personal y artístico de este pintor, su obra no se olvidara y fueran varias las exposiciones y homenajes que se le realizaron tras su muerte. Este homenaje es el último de todos ellos, y vale la pena ir a ver la obra  de esta gran pintor cuyo valor se va aquilatando con el tiempo, y al que para desgracia de  todos la locura, mató su genio.

 

Carmelo Arribas Pérez 

Crítico de arte

 

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