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Félix Pinero
Miércoles, 11 julio 2012

LOS BUENOS DÍAS PERDIDOS

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Todos los días son buenos para ganarlos, no para perderlos. Un buen día, renta; un día perdido, resta. Todos siguen corriendo, inexorables, hasta encontrarse en el punto final del segmento. Ese día llegará sin previo aviso. No lo advertimos, ni pensamos en ello, como si no nos tocare a nosotros. Nacemos para vivir y después, morir. El tiempo es un préstamo a plazo fijo que vence con la muerte; pero también una hipoteca a quienes, ascendientes o descendientes,  dejáremos con vida en la tierra. Fenece el tiempo de nuestra vida, pero no los frutos de ella. Si restamos más que sumamos, no solo se nos acabó el crédito, sino que dejamos una hipoteca por pagar.

 

            En tiempo de vacas flacas, los agricultores llenaban sus graneros para evitar las dificultades por venir. No se perdía el tiempo en divagaciones etéreas. Todos los días eran buenos para el acopio; ninguno para gastar lo que no se hubiere en los arcones mientras durare el largo invierno.  Hubiere otros que gastaron lo que no tenían y no pudieron hacer frente a préstamos e hipotecas. No daban estos ni los “buenos días” a quienes se encontraren, porque hubieren perdido sus días y su hacienda. Acudían a aquellos en busca de ayuda, y les recordaban los buenos días perdidos, aquellos que ni siquiera daban porque se consideraren superiores al resto.

 

            No se pierde un día en el pueblo; muchos se pierden en la ciudad. No gasta la gente de pueblo lo que no hubiere porque nada necesitare ni se creare otras necesidades que la propia supervivencia. Se conforman con lo que les da la tierra que labran. No es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita. Los días perdidos hacen ricos a los pobres y pobres a los ricos. No se gana más por trabajar más horas si el tiempo empleado lo perdemos como el agua que se va a la mar sin que a nadie aproveche. No es más un profesor que nada enseña; un consejero sin formación para serlo, que hunde la caja de todos y huye; un presidente de alguna fundación que nada de provecho hiciere, si no fuere el salario que se hubiere fijado a sí mismo. Reúnen más valores quienes no perdieron ni un solo día de su vida sin hacer algo para su familia, para sí mismos y sus convecinos; los que todo lo hubieren aprendido en la universidad de la vida sin pasar ni por las públicas, ni menos por las privadas, reservadas, como en otros tiempos, para los ricos.

            Perdimos los “buenos días”, las buenas costumbres y hasta la mínima educación para desearlos. Nos hemos encastillados en nosotros mismos hasta el punto de convertir nuestra condición sociable en individualismos excluyentes. En la autocrítica de su obra de este mismo título, Antonio Gala afirma que “la verdad y el dolor, por crueles que sean, nunca nos asesinan. Nos asesinan los inventados sueños y el engaño. De ahí que acaben mal, cuando dejamos que se pierdan, los buenos días verdaderos”.

 

            Pasado el ecuador de la centuria, un colega preguntare al de al lado:

 

            --¿Qué se siente al cumplir los 50…?

 

            --Nada especial, si acaso haber perdido tantos días como me hicieron perder, muy a mi pesar; pero, qué importa eso cuando a todos nos miden por el mismo rasero y ganan más los que menos hacen, son bien vistos los tramposos y especuladores, y contribuyen más a la hacienda pública quienes menos tienen que los que más ganan a costa del sudor ajeno.

 

            No habrán pasado otros cincuenta años y todos, aun las señorías ilustrísimas que no cumplieren con su deber, serán pasto de la podredumbre humana hasta que llegue el día del juicio final. Entonces ya no será posible el llanto y crujir de dientes ni, quizá, los “buenos días” perdidos por cumplidos en la tierra.

 

 

Félix Pinero

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