![[Img #19956]](upload/img/periodico/img_19956.jpg)
El Puerto. A la diestra, el pico de antenas. ¿Quedará algún vestigio del fuerte romano? ¿Castra Servilia, como decía Fernando G. Morales? Menos que probable. Punto de vigía, atalaya. Y una legua luego, el pueblito. Eustaquio Sánchez Salor ha traducido un texto curiosísimo del latín: De California expulsaron, siglo XVIII, a los jesuitas. Uno de ellos, importantísimo, fue Miguel del Barco, una eminencia que obró milagros, pero de verdad, en aquellas lejanas tierras de la Baja California. Los echó un decreto de Su Majestad Católica y vinieron desterrados a Bolonia. Allí murió este buen hombre jesuita, Miguel del Barco, casamillanense ¿o cómo es el patronímico?
Abajo, tierras de panllevar, monte de jaras. Los Merinos. Una vez vinimos con Moyano a una montería, en el puesto con Ricardo y Manolo, y aquel día gris, un frío glacial y esmorecedor. Nosotros ni un tiro, pero al lado, Ramón Zorita, cuatro cochinos. Perra fortuna.
Por donde la vía férrea se sube al collado para irse a los campos de Mirabel y Plasencia, baja una rivera de agua fresca y cantarina. Chopera y fronda hacia las tierras resecas del meridiano. Batanes. Molinos viejos y abandonados hace tal vez siglos. Al aire del frescor nutricio de esas aguas, algunas huertitas de legumbres adornan sus orillas. Antes de irnos a Serradilla, volvemos a Casas de Millán. Calle de Miguel Hernández, de Federico García Lorca. Aquí el 27 caló hondo, por lo visto.
Un letrero: Santuario Virgen de Tebas. ¿Tebas? ¡Por las barbas del Profeta! ¿La Tebaida tesalonicense? ¿La Tebas que derrotó a Esparta y se rindió a Filipo, el macedonio? ¿La Tebas del Nilo? Hemos de volver muy pronto a descifrar este misterio de Casas de Millán.
SCM.