Lunes, 16 julio 2012

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Victoria Pelayo Rapado

[Img #19980]

Todos los hospitales se parecen entre sí y tienen en común las sucesivas remodelaciones, ampliaciones y reformas que han sufrido. El de mi ciudad, que no iba a ser una excepción, se había convertido por fuera, en una mole inmensa y amorfa y por dentro, en un intrincado laberinto de corredores y escaleras.

 

            Me costó dar con el edificio y la planta correspondientes. Al salir del ascensor, el olor a hospital me invadió y me acompañó durante el recorrido por el pasillo hasta la habitación. En esos momentos su hijo estaba con ella, acababan de asearla y su aspecto era mejor del que había imaginado. Aunque le costaba respirar y apenas hablaba, los rasgos de la cara parecían relajados, como si todo su ser se estuviera preparando ya para el viaje final. Me acerqué a su cama y le hablé, la llamé por su nombre pero no me miró ni me contestó, siguió con su fatigosa respiración y la vista fija en el techo.

 

            Su hijo, un buen hijo, enseguida me habló del último parte médico, de las noches en vela y de la retirada de la alimentación desde hacía tres días. Al advertir la hinchazón que presentaban los brazos, él quiso mostrarme las piernas de su madre, que en los últimos días se habían inflamado como si fueran globos a punto de estallar. Y al apartar la sábana para que yo pudiese verlas, el camisón que se había arrugado bajo los brazos, dejó su cuerpo totalmente desnudo a nuestra vista. Los pocos segundos que pasaron hasta que aparté la vista, me parecieron una eternidad y me hicieron sentir culpable por haberla visto desnuda, como si hubiera profanado su lecho de muerte.

 

 

Victoria Pelayo Rapado.

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