![[Img #20183]](upload/img/periodico/img_20183.jpg)
A la tercera fue la llegada. Tres intentos nos costó dar con el cenobio Mohedas, pero llegamos, Una cancilla sin candado nos dejó entrar y luego otra con auto impidiendo el acceso. El hombrito de campo salió a atendernos. Y no con evidente recelo. Lógico y normal: tiene el hombre que aguantar, de continuo, los asaltos de los bandidos y caminantes que pasan por allí sin contemplaciones. Al cabo, y viendo nuestro buen talante, nos atendió con amabilidad.
“La caza la tengo arrendada. Vienen de vez en cuando a hacer alguna espera a los cochinos. También hay venados ahí arriba. Mire: Esta noche ha entrado un bicho en el huerto y ya ve cómo me lo ha dejado. ¡Maldita sea!”.
El hombre se retira a una casita que tiene preparada, cerca del magnífico bosque de alcornoques, que cubre la ladera hasta el pie de la sierra de Zapatero (¡vaya nombrecito, por cierto!). Y nosotros nos acercamos a ver los restos del cenobio monasterio de Santa María de los Ángeles.
¡Por el Gran Chápiro Verde! ¿Qué sería lo que hubo aquí, en esta máquina insigne, en esta grandeza? Y todo es pasto del abandono y de las ruinas. Portada, campanario, ermita, claustro, refectorio, celdas….. las dependencias de un monasterio. Escombros, restos, desolación. Nos ha contado el hombre que primero fue ermita, a finales del XV. Llegó a albergar una comunidad de cuarenta y tantos frailes franciscos “de los calzados”, que abandonaron el paraje cuando las desamortizaciones, a mediados del XIX. Su padre compró La Moheda haría unos setenta años.
Luego vino, nos despidió y con un sacho se metió en el huerto a arreglar los desperfectos del furtivo visitante nocturno. Regresamos por el fragoso carril y atrás quedaron maitines, vísperas, tercias, nonas, y millones de oraciones de aquellos frailes franciscos que allí oraron per saecula saeculorum. Amen Jesús,
SCM.